The Vanishing of Sidney Hall no es una película fácil. La disparidad de sus intenciones se convierte en su principal obstáculo, impidiendo que existan varias lecturas de la historia donde al final una perjudica a la otra. Pero, primero…

¿De qué trata The Vanishing of Sidney Hall?

Sidney Hall (Logan Lerman) es un joven que no encaja en su entorno. Tiene problemas con su madre, con sus profesores, con sus compañeros. La escritura, un don que posee, es lo único que le provee una salida a la obstinación que predomina en su vida. Un día Brett Newport (Blake Jenner), el típico abusador de la secundaria, le pide ayuda para desenterrar un objeto del que sólo Sidney sabe el paradero. Sidney se niega al comienzo, obviamente se trata del mayor “bully” del instituto, pero al final acaba accediendo porque, después de todo, Sidney es buena persona. En el proceso, este descubre que Brett Newport no es tan malo como parece, que él tampoco encaja en su entorno y que ese objeto que buscan es la solución para todos sus males. Pero por cuestiones de la vida que a veces es cruel (y en esta historia lo es en demasía) ese objeto se transforma en la perdición de Newport.

Esa premisa es el centro de una de las líneas temporales de la historia y el detonante para las otras dos. Sí, The Vanishing of Sidney Hall retrata la vida de un autor desde el momento en que consiguió la historia que le cambiaría la vida (la de Brett Newport), su ascenso como un joven prodigio de la literatura y su caída a causa de los fantasmas del pasado. Porque después de todo Sidney tiene que lidiar con la fama y una carga extra: la culpa de saber que su éxito lo consiguió gracias al dolor ajeno, gracias a la historia de lo más semejante que tuvo a un amigo.

Drama, suspenso, coming of age. Todo a la vez.

Shawn Christensen (director y guionista) acierta al narrar una misma misma historia en tres partes fusionadas porque cada una define el personaje en diferentes momentos de su vida, responde a diferentes interrogantes y, sobre todo, juega con diferentes géneros.

La versión adolescente de Sidney Hall funciona como el típico coming of age. El chico asocial, con una familia disfuncional, una madre (Michelle Monaghan) que no lo comprende, un interés desenfrenado por la literatura, el profesor que le aúpa, el mejor amigo y el primer amor, Melody (Elle Fanning), una chica que representa todo lo que carece en la personalidad de Sidney, es audaz, determinada y segura de sí misma.

Sidney Hall, “el autor”, introduce el drama más adulto. Por un lado Sidney disfruta de la fama, el dinero, las buenas críticas y todo lo que alguna vez soñó. Por otro lado lidia con la crisis en su vida romántica, sus inseguridades como escritor (si es bueno o mejor que otros, si podrá escribir un libro tan bueno como el primero…), el sentimiento de culpa, y la polémica que ha desatado una ola negativa en un sector de los lectores.

Por lo que la culpa crece, ya Sidney no carga con la historia de su mejor amigo, carga con las decisiones de todos los que han malinterpretado “Suburban Story”, su obra. Y allí es cuando decide desaparecer. La tercera línea que representa el suspenso. Un hombre misterioso (Kyle Chandler) se da a la tarea de ir tras otro que ha incapaz de lidiar con sus problemas decide huir pero ¿cómo? ¿a donde? ¿por qué?

En el último acto las tres líneas temporales colisionan para dar un significado completo a la historia, respondiendo a las interrogantes previamente planteadas.

La película recuerda a Manchester frente al mar y Hacia rutas salvajes, la diferencia es que estas cintas optaron por un discurso más natural. En cambio la historia de Sidney Hall confía demasiado en sí misma y no hay espacio para doble lecturas. Es de esas que conecta con el espectador o causa repulsión. Por instantes acierta, cuando es una coming of age de manual, pero en otras ocasiones, cuando más se esfuerza por sorprender acaba siendo más predecible y a pesar de manjar un sentimiento tan universal acaba siendo un trabajo poco accesible.

Miscast a medias

Logan Lerman produce y protagoniza la película y demuestra un compromiso tremendo delante de la cámara. Sin embargo su interpretación “adulta” resulta impostada porque físicamente Lerman no aparenta treinta años, lo mismo ocurre con Elle Fanning a quien cuesta verla como toda una señora por mucho que ella se esfuerce en aparentar. Sin embargo cuando vemos a ambos personajes como adolescentes el trabajo de ambos crece enormemente. Blake Jenner y Margaret Qualley, otras jóvenes promesas, también consiguen una interpretación correcta. Kyle Chandler y Michelle Monaghan, dos actores infravalorados, sacan oro de sus escasos minutos en pantalla.

The Killers sirvieron de inspiración

Durante la gira junto a The Killers en los Estados Unidos con su banda, Stellastarr en 2004, Shawn Christensen escribió un guión, con su mejor amigo y compañero de piso Jason Dolan, llamado Sidney Hall. La inspiración para el guión fue las diferencias en la vida respecto a la edad. Los miembros de The Killers ya estaban en los treinta mientras que los que Stellastarr eran adolescentes pero se dedicaban a lo mismo. Inicialmente consideraron convertir al personaje principal en un influyente músico de rock, pero desistieron pronto de la idea.

De hecho la música está compuesta por Darren Morze, músico, compositor y amigo de Christensen. Utilizando una computadora en el estudio de grabación de su casa, Morze comenzó a componer la música antes de la etapa principal del rodaje, lo que permitió que la música se tocara en el set, para ayudar a los actores a comprender el ambiente de sus escenas. Morze y Christensen consideraron varias fuentes de inspiración para la banda sonora, incluidos Vangelis y John Carpenter.

Sidney Hall es un drama autoreflexivo y poco amable, fiel a sí mismo que puede resultar emotivo para aquel que conecte con el.

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