Fue hasta hace algún tiempo que confirmé que Rómulo y Remo, y la loba no fueron parte de la obra con la que el talentoso poeta Virgilio justificaba el origen divino de la poderosa Roma. Solía confundirme, como solía confundirme de pequeño con la evolución y Adán y Eva, pero en ambas encontraba maneras lógicas (aunque fantasiosas) para mí de relacionarlo. Pero ¿qué no era el origen de Roma narrado con el regreso de Eneas de aquella mítica batalla de Troya? Con esa pregunta, toda posible relación perdía el sentido. Mas, nunca le di importancia; la cultura romana nunca me pareció tan atractiva, salvo por su estrategia militar y su indiscutible influencia sobre el mundo; no quiere decir que no reconozca su magno poder durante el auge de su imperio, tan sólo no la encontraba tan interesante por ser un supuesto plagio de la cultura griega, a la cual pienso con una suma y merecida admiración. Desconozco si mi interés por la cultura de los más famosos filósofos haya surgido por algo más que por aquella cinta de videocasete de un dios mortal de gran fuerza e impactante historia, Hércules, pero sé que desde siempre ha sido de las culturas más impresionantes para mí; como lo fue para los romanos.

César Augusto, el famoso emperador romano, poco después iniciar su mandato contrató a Virgilio y le asignó la tarea de escribir un origen épico para la tierra romana, pues la leyenda popular de Rómulo y Remo quizá no le parecía digna de ese poderoso imperio. ¿Por qué? Quizá a algunos les parezca lo suficientemente épico unos hermanos abandonados que fueron criados por un lobo hembra, animal que podría simbolizar un alma sigilosa, una que planea de manera adecuada sus ataques y es agresiva y ágil, y transmite una salvaje sabiduría en un serio y calmado rostro y hocico que con hambre es tan penetrante y atemorizante que hasta duele. Muestra sus colmillos y estos ya se sienten sobre el cuello; ve fijamente y se siente no poder escapar. Este primitivo canino al cuidar de Rómulo y Remo los pudo haber hecho feroces, tremendos humanos difíciles de vencer en combate, tan hábiles que ni siquiera daría inicio un combate, pues la “presa” sería acorralada pocos segundos antes de percatarse de la presencia de los licántrofos. ¿Qué podría ser más épico que las características que pudieron haber adquirido los fundadores? Que además, en algunas versiones del mito fundacional, en duelo a muerte se involucraron y el duelo a muerte completaron, lo que dejaba al más fuerte en pie sobre aquello que decidiría fuese Roma. ¿Qué podría ser más épico? Quizá el César nunca vio la historia de tal manera, o se había hartado de esta historia.

Pero los romanos admiraban tanto a los griegos, al igual que yo, que posiblemente querían decirse sangre griega; algo que no quedaba implicado en el mito de Rómulo y Remo. O quizá querían demostrarle al mundo: “mirad, venimos de un soldado en pie, uno que destruyó a Troya” o hacerle pensar a sus idolatrados griegos que ellos también tenían un origen épico, relacionado de una manera íntima con los dioses y con ellos, los griegos.

O quizá no querían que sus descendientes siguieran el ejemplo de Rómulo y Remo, vulgares ladrones y asesinos de mala fama aunque amplio éxito, y siguieran mejor el ejemplo de Eneas, una desafiante y tenaz tropa que lucha por su pueblo. Aunque no parece de esa manera, ya que en la Eneida el personaje principal no es del todo un hombre de honor. Un mujeriego y hasta en ocasiones irresponsable griego que requiere de la ayuda de varios dioses como si fuera cobarde, o quizá sea positivo: “venimos de un pícaro griego elegido por los dioses, ¡temed, mis enemigos!”

Por el motivo que haya sido, Virgilio escribió la Eneida, y con ello, la otra historia de Roma, su historia literaria, lo que hizo al pueblo más épico de a lo que ya estaba destinado, si no es que la Eneida influyó en la confianza de sus tropas y su organización. Gracias a la Eneida, la cultura romana también es admirable en su literatura.

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