La princesa se había cansado de vivir, ¿cuál era el caso de seguir respirando si no servía para nada? Al menos era lo que su príncipe le repetía constantemente. Vivía con miedo de hacer algo que no le agradara, de hacer algo mal y que fuera motivo de enojo. No sabía cómo complacerlo.

Desde antes de casarse había sido así, él decidía a donde ir, que debía usar, cómo caminar, qué debía decir. Pero en la mente de la princesa aquello no era culpa del príncipe, ella era torpe sólo que no lo había notado hasta que él llego a su lado, necesitaba su instrucción para no hacerlo quedar mal, no quería perderlo. Todo lo que él decía era únicamente por su bien; era cierto que sus críticas y palabras la herían, le temía incluso, temía sus reacciones cuando se atrevía a pensar por sí misma pero todo era por mejorarla.  Al final estaba convencida de ser una tonta, una mujer que no merecía todo lo que su príncipe le daba, lo bien que la cuidaba, no le faltaba nada.

Su príncipe constantemente le decía que ya no era la misma princesa hermosa de la que se había enamorado, cada vez era más fea, más vieja, y sí lo era; cada que se veía al espejo se enfrentaba con ese reflejo que creaban las palabras de su príncipe, tenía tanta suerte de que él estuviera a su lado. La princesa buscaba en el espejo la chispa que tenía antes, se buscaba a sí misma, pero lo único que veía era a él. La había convertido en lo que él deseaba, una muñeca que bailaba al ritmo de sus caprichos.

No era ni la sombra de la niña alegre que corría por los jardines del castillo de sus padres. Era prisionera, lo peor es que ella tenía la llave que abría esos grilletes pero se negaba a usarla. Sólo ella podía liberarse, pero se había acostumbrado tanto a estar cautiva que se había olvidado de que ella sola se había colocado las cadenas que la retenía. Estaba convencida de que sin el príncipe ella no soportaría, no valía nada sin él, no podría sobrevivir.

No notaba que el príncipe había logrado debilitar su voluntad, retenerla y provocar el miedo que la tenía paralizada. Había logrado que se olvidara de lo hermosa que era, de su inteligencia, de su valor, de su esencia. Y con ello, ella se había olvidado de lo más importante, cuánto se amaba a sí misma y todo lo que podía lograr sin él.

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