Es innegable la transformación que ha sufrido el cine de desastre en los últimos años. En los noventa estaba reservado para los blockbuster, era todo sobre el espectáculo, más explosiones, más barcos recreados a escala real (hola, James Cameron). Con la llegada de los 2000 y de mejores efectos, ese espectáculo ha sido emparejado en varias cintas con historias introspectivas.

La Vida de Pi, Gravity, Lo Imposible son películas del género pero cuyos protagonistas tienen conflicto; desencadenando un debate emocional que da paso al verdadero atractivo de la trama. En ese grupo está A la deriva (Adrift), una historia de desastre, de supervivencia y de amor.

¿De qué trata la película A la Deriva?

En septiembre de 1983, Tami Oldham Ashcraft y su novio, Richard Sharp, fueron contratados para tomar un yate de 44 pies en un viaje de 4.000 millas desde Tahití a San Diego. Aproximadamente a la mitad de su viaje a través del Pacífico, se toparon con el huracán Raymond, una tormenta tropical que había estado creciendo en el Océano durante un par de semanas.

En 2002, Ashcraft escribió un libro sobre su experiencia, Red Sky in Mourning: A True Story of Love, Loss and Survival at Sea. A la deriva, la adaptación cinematográfica dirigida por Baltasar Kormákur, lleva la sensibilidad de los hechos. No es solo una historia de una hazaña increíble de supervivencia. También es una historia de amor, presentada con mucha sutileza.

Entre el mar y el amor

Uno de las principales cualidades de A la deriva es el ritmo de la historia. Dura poco más de hora y media y en ese tiempo sabe dosificar muy bien los hechos, manejando dos líneas temporales. Para equilibrar la acción, es decir, todo lo que sucede en el barco una vez que se presenta la tormenta, tenemos la línea del presente; mientras que la historia de amor está contada a través de flashbacks que se entrelazan en la historia. Así la película logra conectar, logra emocionar, logra generar suspenso, en varios momentos del metraje. No comete el error de una narración lineal que se reserva el momento más emocionante al final; aunque lo tiene. El último tercio es maravilloso y hay un giro en el desarrollo de la trama para nada previsible.

Al ser una película corta, A la deriva es una historia precisa, centrándose únicamente en los personajes principales y su historia de amor. Inteligentemente sabe como introducirlos para conectar con ellos; y así entender la conexión que, desde el minuto uno, sabemos que nacerá entre ambos personajes. A partir de sus historias, nace la que compartirán como pareja. Sólo así A la deriva consigue que el público empatice con la relación de ambos ante el tráfico desenlace que puedan tener; y se inmiscuya a un modo personal. Lo cual es un acierto porque, después de todo, se trata de una historia inspirada en hechos reales.

Más allá de las situaciones A la deriva muestra a sus personajes muy humanos, se sienten genuinos, y la relación romántica, a pesar de estar narrada a través de los recuerdos, también se siente que fluye con mucha naturalidad. Aaron y Jordan Kandell, guionistas de la historia, acertaron al entremezclar ambos hechos (la tormenta y el noviazgo) y así construir una película a base de dos géneros que parecen opuestos; y tal como lo hicieron en Moama, presentan la dualidad de respeto y miedo que desencadena el mar a partir de su inmensidad. Shailene Woodley y Sam Claflin son parte esencial de la película. Ambos brindan unas de sus mejores interpretaciones, gozan de mucha química y se percibe el compromiso físico y emocional que los vincula a la historia. Sobre todo Woodley quien también es productora y aparece en absolutamente todo el metraje.

Eficiente y sin pretensiones

Baltasar Kormákur es un director que se ha hecho un terreno en el cine de catástrofe. Antes de A la deriva, había dirigido la serie Trapped y la película Everest. Sin embargo Adrift es la que cuenta con el presupuesto más reducido de todas; algo poco inusual en el género, porque incluso las películas que como esta también tienden a tirar más sobre el conflicto emocional de los personajes en medio de la nada, como Gravity y Lo Imposible, siguen teniendo presupuestos mastodónticos. A la deriva apenas contó treinta y cinco millones de dólares de presupuesto; aun así la película luce bien.

El director de fotografía Robert Richardson, que sabe una o dos cosas sobre disparar en condiciones difíciles (ver Platón y Los odiados ocho), capta el deslumbrante encanto del Pacífico Sur y su apacible presagio. Sus planos extensos son simbólicos; lo dicen todo: están completamente solos como muestran simples imágenes en una extensión interminable del gris brillante que relincha en el mar. El compositor Volker Bertelmann contribuyó con la banda sonora con clase, que se utiliza con moderación para acentuar sin eclipsar el drama que se desarrolla.Y los efectos especiales lucen bastante bien; incluso mejor que los de otros blockbuster. Además la destreza creativa de Kormakur es innegable, quien se mueve como pez en el agua en el género. Hay un par de escenas llamativas a nivel de edición, una de ellas es un plano secuencia que vincula el mar y el barco, donde la cámara sigue a los personajes entrando y saliendo un par de veces.

Con pequeños pero a la vez grandes detalles en la edición; la dualidad temporal de la historia que logra separar y a la vez unificar los géneros que conforman la historia y el trabajo de Woodley y Claflin hacen que A la deriva consiga su espacio en un género que pocas veces decepciona.

Incluso cuando la película llega al clímax del espectáculo de CGI, durante el cual finalmente se vislumbra el huracán que devastó el yate de Tami y Richard, Kormákur nunca olvida que Adrift es un drama humano fundamentalmente de pequeña escala. Rueda la tormenta desde la perspectiva de la pareja mientras se esconden detrás de una vela, para concentrarse en ellos más que en la ferocidad de la madre naturaleza, pero también para enmascarar el reducido presupuesto con el que cuenta la película; pero la idea funciona.

Para Kormákur, la descripción de la tormenta se trata menos de proporcionar un espectáculo de acción que induce a la admiración; todo lo dirige hacia un momento clave de información que cambia nuestra percepción de lo que vino antes. Es una revelación que, en manos de otro director, podría haber parecido una estratagema narrativa barata, pero gracias al delicado manejo de Kormákur de la relación central de la película, el giro profundiza y expande Adrift, sugiriendo que, para Tami y Richard, el amor no es solo un sentimiento, pero más bien una fuerza mayor que la naturaleza misma.

A la deriva es una historia de catástrofe, de supervivencia pero ante todo es una historia de amor. El amor por el mar que los llevó a navegar, el amor del uno hacia el otro por el que emprendieron el viaje y el amor por la vida que los mantiene luchando hasta el final. Adrift lo tiene todo para entretener, para conmover, para enamorar.

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