Hoy en día, quizá debido a los autores de superación personal que se perciben como ‘todólogos’ y una cantidad notable de psicólogos que parecen alejarse cada vez más de la divulgación científica, la psicología es una ciencia de la que muchos sienten poder hablar. Confieso figurar entre tales de vez en cuando. No obstante, he notado al conversar sobre ello, cómo al conversar sobre muchas otras ciencias, la limitación de posibilidades; un error de la lógica que en cualquier ciencia es básico conocer y evitar.

            He observado que muchas personas caen en el querer atribuir a un resultado una historia, convencidas de que no puede haber otro motivo. Esto es irritante, pues guía a las personas a realizar aseveraciones y generalizaciones, creer tener razón y la capacidad para emitir un juicio; cuando no es así.

No todo responde de manera exclusiva a un contexto, entorno o ambiente. Si bien, las distintas condiciones o variables externas a las que está expuesto el objeto o sujeto pueden repercutir sobre tal durante un proceso, mucho puede depender del sujeto en sí; es decir, el resultado de un proceso sobre el objeto suele ser producto a su vez de condiciones específicas, tanto internas como externas.

Ejemplifiquémoslo de una manera sencilla; dos metales distintos, cobre (Cu) y hierro (Fe) expuestos a una misma temperatura, presión y trabajados por la misma persona, la cual, de manera hipotética, realiza un procedimiento idéntico para ambos. El resultado será distinto, porque los materiales en sí, son distintos. Quizá se realice más trabajo al intentar doblar el hierro que al intentar doblar el cobre, aun cuando los dos son metales con propiedades similares.

En la actualidad, se tiende a juzgar la presencia de una psicopatología como si tal fuese mero producto de un contexto. A su vez, aun sin ser una psicopatología y un simple rasgo conductual <<extraño>>, es popular aquella creencia referente a la forma de ser de los individuos: que tal, responde a una serie de eventos, en lugar de factores. Tal explicación suele ser errónea, o incompleta; la razón de esto es muy sencilla: no todos somos iguales.

Cada ser humano posee un código genético único; es posible una sorprendente similitud entre dos ejemplares, pero, hasta la fecha, es inconcebible una igualdad, sea por cuestiones éticas o tecnológicas. El hecho de la unicidad de cada código genético humano existente, implica una conformación material cuantitativa y organizacionalmente diferente, aun siendo en proporciones diminutas casi despreciables.

Imaginemos ahora no dos metales distintos, si no dos aleaciones iguales en cuanto a lo que las forman refiere, salvo por la proporción entre tales. Una aleación de 83% hierro y %17 níquel, y una de 87% hierro y 13% níquel. Ambas diferirán en maleabilidad, densidad y demás propiedades.

En los seres vivos es así: los genes implican propiedades. Los mamíferos somos diferentes de los reptiles porque se “introdujo” un código que implica el desarrollo mediante la utilización de los mismos compuestos, pero en medida y organización distinta, como se ha señalado. Los seres humanos somos diferentes de los demás primates por una cuestión similar pero en proporción todavía menor en relación con otro orden de animales.

Los genes son algo que se hereda. Un individuo comparte muchos genes distintivos con sus padres biológicos, se hayan manifestado tales genes en ellos o no. Puede que posea cabello muy oscuro, ojos de color claro, orejas grandes y sea alto, y que dos o tres de esas características se encuentren en su madre o en su abuela; mientras que el resto quizá se manifestó también en el padre, o en el padre de su padre.

La genética no afecta sólo en la apariencia de un sujeto, pues repercute en la estructura misma de cada uno de los órganos, entre ellos, los que conforman el sistema que dirige el pensamiento, las acciones y las reacciones. Al afectarse una estructura, la funcionalidad de la misma sufre modificaciones. No podemos esperar siempre que dos estructuras fabricadas con el mismo tipo de piedras pero con una base distinta, aunque en pequeña proporción, respondan igual ante determinado evento, como podría ser un terremoto; si bien, podrían ambas resistir, podría a su vez una de las dos colapsar debido a alguna ‘falla’ en la ingeniería de tal. Hay pequeñas diferencias que poseen vital importancia.

Un humano puede, desde que se forma como cigoto estar predispuesto a un desarrollo como un organismo propenso a determinada condición mental debido a su código genético; aunque no hace falta llegar hasta el campo de patologías hereditarias. Puede estar predispuesto a desarrollar mejor su pensamiento abstracto que una persona considerada promedio. Tal vez crezca y sea una persona agresiva, aun cuando sus necesidades fisiológicas esenciales son cubiertas.

Entonces, para que se presente determinada conducta o tendencia en un individuo no se requiere de un ambiente cuyas condiciones sean extremas, sino que quizá con el menor estímulo o ninguno en lo absoluto se exprese tal. Por ello una conducta no responde tan sólo a un contexto o a un agente, sino que es posible que tal haya sido una susceptibilidad en el sujeto.

Sin embargo, no por el hecho de que una conducta pueda presentarse como algo heredado significa que siempre sea así; tanto como el que pueda ser producto de un contexto no quiere decir que una situación responda en todos los casos a tal. Cabe aclarar que ciertos autores y estudios indican que suele ser producto de ambos, cuando están implicadas cuestiones genéticas.

            Con esto no nos quitaré el vicio de hablar sobre ciencias que no comprendemos del todo, sin embargo, espero que nos sirva para al menos pensar un poco más antes de saltar a conclusiones respecto a uno o varios individuos.

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