Hasta hace unos años, nunca consideré a mis amigos ñoños. La epifanía llegó cuando conocí a los amigos de mi novio.

Se han vuelto también mis amigos, pero sobre todo, me hicieron darme cuenta de que siempre he estado rodeada de ñoños, siendo yo también una de ellos.

De cómics, de diseño, de música, de fotografía, de ingeniería, de cine, de videojuegos… Pero al fin y al cabo, ñoños.

Y es que siempre he estado rodeada de gente que se apasiona mucho por las cosas, incluso yo, con la literatura. Entonces me siento identificada con todos ellos.

Ser ñoño no es ser aburrido o vivírtela en una sola cosa siempre. Significa amar tanto algo, que lo haces parte de ti. Y significa no avergonzarte por ello. A mí me encanta verlos emocionarse porque salió un número especial de su cómic favorito, un nuevo disco de su banda predilecta, una app para eso que tanto les gusta. Es no perder las ganas de disfrutar las cosas.

Mis amigos los ñoños son las personas más divertidas que conozco, y es que siempre están dispuestos a ir a comer y platicar sobre lo que sea, y lo mejor es que saben de lo que están hablando. Eso me permite aprender de ellos y a mí me encanta aprender.

A mí me encanta que me llamen ñoña. Eso me dice que se dan cuenta de que me gusta mucho algo e intento aprender sobre ello, para poder enseñarle a la gente y que quizá algún día les llegue a gustar también. A mí no me ofende el concepto.

Pero también me desagrada esa gente que se cree ñoña por tener una playera de Batman, a esa gente le pido que, por favor, paren el mame. Si en serio quieren ser ñoños, lean, escuchen, aprendan. Eso los va a volver mejores personas.

Y es que mis amigos los ñoños son además de las mejores personas que conozco.

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