Pasé un par de horas mirándola, no quería ni respirar. Sentía que el viento que producen mis fosas nasales al exhalar, la podrían despertar y la verdad no quería. Solamente mis ojos no podían apartarse y mi corazón poco a poco se fue envolviendo de más ternura y abriendo a esa sutil sensibilidad que se desprende, cuando observo cada parte de su perfil, de sus manos. Acaricie su cabello repetidas veces y le susurré que la amo.

Ahora conozco un amor verdadero, un amor incondicional y capaz de hacer salir una fiera cuando alguien la molesta, un amor que me deja ciega  y qué ese amor será para toda la vida. Ese amor no tiene descripción, ni sustantivos, ni adjetivos calificativos capaces de expresar en su totalidad lo que se desprende de las entrañas, del alma y del pensamiento.

No quería moverme. Sólo quería sentir su latido, escuchar el paso del aire a sus pulmones, el calor de su pequeño cuerpo dando paz a mi ser con tantas tribulaciones y pensamientos fugaces. Mirar su perfecta armonía y su expresión de quietud.

Hay días que pasan sin darme cuenta. Que la noche nos sorprende, que es hora de ir a la cama y es uno de los momentos mágicos del día. Se recuesta en mi brazo, la acerco a mi pecho y le hablo al oído, para decirle cuánto la amo, cuánto la extraño en el día, lo maravillosa que es y lo feliz que me hace sentir por haberme escogido a mí. Me hace pedazos con tan sólo escuchar su delgada voz, llamando para que me recueste con ella.

Después de estar leyendo varias veces, el libro de Olivia. Lecturas que me pidió sin cesar y que además (re)inventa la historia a solas, la he escuchado. Pasé las páginas una, dos, tres veces y a la mitad de la cuarta el sueño y cansancio la venció. Recargó la cabeza en mi pecho y en menos de un minuto cerró los ojos y el sueño profundo se posó en ella.

Tal vez digas que soy mamá cuervo o que no soy objetiva, no lo sé.  Pero esto que llena mi cuerpo, mi mente y pensamientos me hacen pensar que Rebeca es la más hermosa creación en la tierra, el ser más envuelto en ternura que yo he visto jamás, la alegría que dio un giro en mi corazón, el motor para ver el futuro más brillante, la enorme luz que guía mi sentido en la vida. Ella es quién hace de mis días que el sol salga, que la luna resplandezca y las estrellas brillen. Puede sonar cursi, pero ella desprende de mí, toda la miel y ternura que guardo.

La abrazo, la beso más de diez veces al día. Y en cada una es como si fuera la primera vez, todo mi centro se mueve. Pienso que el amor que mueve las montañas existe, porque si tuviera que subir y bajar una cien veces por ella, lo haría sin pensar. Sólo tomaría un poco de vuelo para agarrar el paso y ahí estaría corriendo en esa montaña.

Me siento agradecida con el Universo por darme la oportunidad de saber que el amor existe y que ese amor lo veo en unos grandes ojos, que brillan, expresivos que me miran y todo mi ser se pone flojito junto a mis latidos fuertes y firmes.

Hoy quise dedicar a Becca, este artículo. Para darle las gracias por ser una niña tan especial. Da vida a los días que parecen no tener luz en este camino lleno de telarañas y vicisitudes.

Si eres mamá creo que entenderás cada palabra. Si aún no lo eres, tan sólo voltea a los ojos de tu madre y verás de lo que hablo.

Alejandra Olson.

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Alejandra Olson
Espíritu congestionado por las letras, que busca encontrarlas en el camino del hacer literario y de éste encuentro aparezcan historias de empatía con los ojos participantes del espectador. Se dice incipiente escritora, pues cada día se descubre, redescubre, encuentra, pierde hilos dentro de éste oficio. Oficio que necesita dedicación, amor y empeño. Ella es así, tan natural como la vida se lo permita y aguerrida.

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