En mi familia, como buenos mexicanos, somos expertos en temblores, pero cada miembro de la familia ha tenido experiencias diferentes en ellos y, gracias al temblor de ayer miércoles en la mañana, me vinieron todas esas historias a la mente, y se las voy a platicar.

Domingo 8 de julio de 1957. 2:44 am.

Mi bisabuela, Coco (QEPD), regresaba a casa a cuidar a mi abuela y mis tíos después de pasar la noche y parte de la madrugada trabajando, en ese entonces, ella era corista en un grupo de música tropical. Vivían al sur de la Ciudad de México y era una noche tranquila. De pronto, como a dos cuadras de la casa, mi bisabuela sintió el temblor y empezó a ver los postes de luz moverse, entonces corrió a su casa. Ella había crecido en Durango, y no estaba acostumbrada a temblores así de fuertes. Cuando llegó a la casa, el temblor había pasado, pero mi abuela y mis tíos estaban todos escondidos debajo de la mesa.

A la mañana siguiente se enteró en las noticias, quedándose atónita, que el Ángel de la Independencia había caído, pero que la enorme Torre Latinoamericana había sobrevivido sin daños. Ganas no le faltaron de regresarse a Durango, pero sabía que sus hijos tendrían un mejor futuro en la ciudad que en su pueblo natal.

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Jueves 19 de septiembre de 1985. 7:19 am.

Mi mamá, Primi, en ese entonces estudiante de enfermería de la Escuela Nacional de Enfermería y Obstetricia, al sur de la capital, amaneció ese día con una infección estomacal. Llevaba toda la madrugada despierta con vómito, y a las 6:00 am, había decidido no asistir a sus prácticas en el Hospital General de México, no en ese estado.

Después de varios analgésicos y antibióticos, logró quedarse dormida, para sólo cinco minutos después, ser despertada por el movimiento del temblor. Escuchó a varios vecinos gritar, mientras miraba los focos moverse. Por un momento pensó que era mareo por la medicina, hasta que se incorporó y vio su pequeña televisión moverse de un lado a otro.

Como pudo salió del pequeño cuarto que rentaba y vio a todos los vecinos afuera, en la calle, con cobijas, con sus bebés llorando, con un pequeño radio que decía que el temblor era uno de los más fuertes registrados en el país. Cuando pasó el temblor y la luz regresó, vio con horror en la televisión todos los edificios que habían quedado derrumbados, con miles de personas atrapadas debajo de ellos, en especial, esas escenas del Hospital General, donde ella hacía sus prácticas con muchos otros residentes más, y varios de sus compañeros de escuela habían quedado ahí, pues habían entrado a las 7:00 am. Que ella pudo haber estado ahí.

Después de agradecerle a la infección estomacal, no regresó nunca a la escuela de enfermería. El golpe fue muy duro.

Años después, por cosas del destino, terminó trabajando en uno de los edificios de las costureras cuya estructura no había quedado derrumbada por completo y cada 19 de septiembre veía a los familiares llevar flores para sus mujeres desaparecidas y fallecidas en ese día.

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14 de septiembre de 1995, 8:05 am

En la sierra de Guerrero, donde viven mis abuelos maternos, no es común que se sientan los temblores, sin embargo, recuerdo en mi infancia uno de alta magnitud que hizo que mi abuelo, que había decidido tomarse el día de descanso de ir al campo, saliera de la cama en calzones. Yo tenía como cinco años, y estaba viendo la televisión mientras me comía una tortilla recién hecha por mi abuela.

Mi abuelo había decidido no ir ese día al campo y mandó a mis tíos en su lugar a cuidar a sus cabras. Él quiso quedarse dormido hasta tarde, por primera vez en muchos años. De repente, lo vimos salir corriendo del cuarto en ropa interior y gritando, “¡está temblando!”, ante la mirada atónita de todos.  Desde ese día no se ha tomando un día libre.

Ahora, vivimos en Tultitlán, y al menos en la casa no es común que se sientan los temblores, y cuando se sienten, me asusto, por la misma razón. De las dos perritas que viven con nosotras, a Tabata ya le importan poco los temblores, pero Leonora, la más pequeña, sí se asusta y empieza a llorar. La vez anterior (16 de junio, pasando media noche), Leonora me avisó que estaba temblando y fuimos a despertar a mi mamá y Tabata que hasta estaban roncando. Ahora me tocó despertar con el temblor y la réplica en el baño (qué inoportuna).

Lo cierto es que viviendo en la Ciudad de México, los sismos son el pan de cada día y, aunque no puedes evitar ponerte nervioso, no es bueno entrar en pánico. Lo peor que puede pasar, si tiene que ser será. Sólo recuerden:

[alert type=alert-red ]No corro, no grito, no empujo, no tuiteo.[/alert]

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