Último partido de eliminatoria mundialista y la Selección Mexicana, más que pérdida. Así que en esta ocasión, no les voy a hablar del juego, porque para decir verdad ni juego hubo, entonces aprovecho y les cuento mi ida al Estadio Azteca.
Muy emocionada, asistí al estadio, con la ilusión que esta vez si me hicieran gritar con locura y pasión un ¡GoooooooooooooooooL! pero nada, esos tiros de gol se quedaron en tiros de esquina horribles y en fallas asquerosas.
Por otro lado, el ambiente no se hizo ausente y desde muy temprano (¡vaya, que llegué temprano!) se escuchaban los ¡Viva México!, mientras que el estadio se pintaba de verde, blanco y rojo.
Una de las cosas que más llamo mi atención, fue cuando la selección Mexicana salió a la cancha a calentar, el primero en salir fue el portero, Jesús Corona (chiquitobebémiamor) quién fue recibido entre gritos y aplausos. Minutos más tarde, el resto de la selección se incorporó a la cancha. Así que muy atenta, me vi en la necesidad de observarlos. El once inicial se mostraba muy concentrado, mientras que los jugadores de la banca sólo fingían calentar y digo fingían, porque yo los noté muy a gusto platicando y bromeando entre ellos. Giovanni, Raúl Jiménez y Diego Reyes no paraban de reír. Para decir verdad, alegraron tanto mi día, que me enamoré aún más de ellos.
Previo al arranque del partido, la Fuerza Aérea Mexicana realizó un espectáculo de helicópteros y aviones. Asimismo, la ceremonia estuvo a cargo de la banda de guerra y escolta nacional. Una presentación que sin duda, se disfruto mucho.
En fin, lo único que quiero dejar claro es que el apoyo a nuestra selección es un sentimiento infinito. Y no hay nada mejor que…. llenarte de emoción en cada partido, ponerte la camiseta y gritar un ¡Vamos México! mientras tu rostro se llena de alegría.
Así es el futbol, una mezcla de emociones que empieza en euforia y termina en enojo, tristeza y frustración.