Mauro vive en el edificio de la esquina de la calle en el departamento 205, no es que el número influyera pero a él siempre le había causado confianza ese lugar desde que lo había comprado. Vive con Laura, su mujer perfecta. Una mujer por demás distinta a cualquiera con la que él hubiese salido. No era porque no fuese rubia, las favoritas de Mauro, tampoco es porque Laura no desee casarse y tener hijos, porque claro que lo desea, es simplemente porque Laura ha logrado lo que ninguna mujer pudo hacer, robarle un suspiro.

Para Mauro existe el antes y después de Laura, antes de sentir eso que muchos dicen que se llama amor. Y es que antes de Laura, Mauro había conocido a Evangelina y como cualquier adolescente se había enamorado de ella como los lobos se enamoran de la luna, inútilmente. Pues Evangelina nunca lo había querido y sin embargo había jugado con sus sentimientos así como si fuese una simple marioneta.

Así fue como Mauro olvido cómo querer,  después de tanta sacudida en ese romance que nunca tuvo ni pies ni cabeza Mauro había olvidado como era amar a una mujer, tanto tiempo con Evangelina había sido como cuando te gustan tanto unos zapatos que haces todo porque te queden pero simplemente necesitas medio número más. Por más que digas que te quedan en el fondo sabes que te aprietan demasiado; así estuvo mucho tiempo, con el calzado apretado sin querer reconocerlo, aunque fuera incómodo, estúpido y sin esperanza.

Fue cuando decidió ir repartiendo su “cariño”, yendo de vagina en vagina repartiendo ese amor que tenía guardado, porque le era fácil, porque no había peligro de nada. Él siempre les dijo a todas que no las quería pero sentirse “amado” lo hacía sentirse bien, no podía perder.

Entonces apareció ella, Laura, con su sonrisa y esa forma tan única de caminar. Con sólo conocerla Mauro volvió a ser el de antes, el Mauro que ansiaba conquistar a una mujer, no a cualquier mujer, a Laura. Y lo logró, Laura fue la mujer que le robo un suspiro.

Laura recupero al Mauro que va a la florería por ramos de rosas, el que recuerda aniversarios, el que desea con el alma robarle un beso cada mañana, cada minuto de cada día. El Mauro que llega diario al apartamento 205 para ver a Laura cepillándose el cabello frente al espejo, Laura, la mujer que sonríe al ver a Mauro parado en el marco de la puerta y el mundo se ilumina a su alrededor. Mauro suspira y todo tiene sentido.

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