Desde su nacimiento, la generación millenial se ha visto marcada por la tecnología, independientemente si sus resultados han sido beneficiosos o perjudiciales, lo cual es un debate que, por ahora vale dejarlo fuera. El auge de los ordenadores, la llegada de los smartphones, la invención de las tablets, son acontecimientos que comparten longevidad con los nacidos como la generación Z. Así mismo, con el asentamiento de esta era digital, llegaron las redes sociales que simplificaron para siempre el concepto de idolatría. Antes, para no sonar tan cavernícola, a finales de los noventa, los ídolos de masas estaban solo en Hollywood. Las estrellas (no sólo actores, también incluyen estrellas pop) eran admiradas por millones de mortales alrededor del mundo, porque estas eran personas guapas, con el mejor trabajo del mundo. Los jóvenes (muchos de esos fanáticos) anhelaban ser actores o cantantes para así ser ricos y famosos. Hoy simplemente quieren ser famosos ricos.

Las redes sociales (normalmente instagram y twitter) sirven como ventana para que cualquier persona, normalmente jóvenes, documenten y compartan cada segundo de su vida. Hay unos que tienen mejores vidas que otros pero todos se mueren por recibir un like, esa aprobación de otros de que en efecto les gusta lo que ven, y en algunos casos desearían tenerlo. Algo que se ha convertido en un ¿trabajo? o es mejor dejarlo en un estilo de vida, la de quienes son llamados influencers. Usuarios en redes que (in)directamente promocionan marcas entre sus seguidores que normalmente son muchos. Pues antes de que lo piensen esta no es una crítica a la obsesión con las redes sociales, de eso ya se encarga Ingrid Goes West una sátira con un humor bastante afilado que funciona como crítica reflexiva sobre la era millenial.

Ingrid es una joven que está atravesando por una serie de problemas en su vida y su único escape de la realidad es instagram. Allí ve fotos de otras personas, contemporáneas con ella, que sí llevan una vida de ensueño. Un día se obsesiona con Taylor Sloane, una chica que vive de postear imágenes sobre su día a día en la mencionada aplicación. Sí, literalmente le pagan por ello. Vamos, una influencer. Entonces Ingrid se propone conocerla, convertirse en su amiga y ser como ella. La narración de Ingrid Goes West es descaradamente honesta y deja en evidencia el lado lamentable de esa parte de la generación que se aferra a los filtros y los likes. David Branson Smith y Matt Spicer equilibran perfectamente el drama y la comedia con tintes de realismo a veces llevados a extremo. Este último que además debuta como director también acierta detrás de la cámara, al beneficiarse del estilo propio de las redes para crear la puesta en escena de la película.

Spicer se vale de la voz en off para leer los comentarios de las imágenes (con hashtag incluido), alusión a referencias culturales, captura de instagram, y una banda sonora que va desde Can hasta Soul Swingers en el estilo más millennial de este año en pantalla grande. Otro acierto en la película es su elenco, encabezado por una maravilloso Aubrey Plaza que interpreta a una Eve Harrington instagramer y Elizabeth Olsen, como la inspiración influencer de Ingrid.

Ingrid Goes West se estrenó a inicio de año en el Festival de Sundance y se convirtió en una pequeña joya referente de la actualidad. NEON (Colosal, I, Tonya) adquirió sus derechos y hoy acumula dos nominaciones a los Premios Independent Spirit con todo el mérito que significa.

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