Llega un momento en la vida, uno muy importante, en que te das cuenta de que el mundo no es como te decían cuando eras niño. No todo es blanco o negro, bueno o malo.

Ese momento puede llegar al principio de la adolescencia, terminando la universidad, o la primera vez que te rompen el corazón. Es justo decir que casi siempre es ésta última y la epifanía viene acompañada de la necesidad de cuestionar todo lo que hasta ese día sabíamos.

Cuando te das cuenta de que la gente no es buena ni mala, simplemente es gente, empieza a parecerte ridícula la aspiración a la perfección y, en cambio, empiezas a valorar las pequeñas cosas rescatables de los que te parecían hasta ese momento, los más desdeñables seres.

Adán y Eva sólo buscaban conocimiento, y su dios los castigó por querer dejar de ser ignorantes. Caín mató a su hermano, pero no ha sido el único en la historia en hacerlo, y gracias a él, no todos en el mundo somos judíos. Cosas por el estilo.

Te das cuenta de que te enseñan lo que la mayoría piensa que es correcto, con la esperanza de que algún día, tú tengas tu propia definición de ello, siempre y cuando no discrepe de las normas establecidas.

En lo personal, mi momento de descubrimiento fue en la secundaria, la primera vez que leí Demian, de Hermann Hesse, que narra precisamente la historia de un niño, Emil Sinclair, y su paso de la inocencia infantil al conocimiento de un mundo diferente fuera de la “luz” y “claridad” de su casa, todo de la mano de un chico extraño, Max Demian. Así que me permitiré citar éste extraordinario libro:

“Aquel que es demasiado cómodo para pensar por su cuenta y ser su propio juez, se somete a las prohibiciones del momento existentes. Le resulta más sencillo. “

¿Cómo ven ustedes el mundo? ¿Aún lo ven blanco y negro, o ya descubrieron la infinita escala de grises que les rodea? Encuentren ustedes mismos su camino y el mundo dejará de importarles.

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