Lo acepto, sé que antes de conocerte era una persona fría. Sé que las tardes de café a tu lado cambiaron mi vida de a poco, a pesar de que ambos sabemos que tú prefieres el té. Siendo honestos, sentir tus manos entre las mías fue una de las tantas cosas que derribaron mis muros, tu sonrisa me hacía sentir viva y tus ojos eran luceros que iluminaban mi vida.

Entiendo que fallé y lo admito, me cuesta creer lo fácil que te deje ir esa tarde en medio de la lluvia, vi tus pasos alejarse por la calle en la que deje que mi corazón se rompiera sin hacer nada por detenerte. Fuimos todo eso que siempre había soñado, eso que sigo anhelando, eres esa carta que he rescrito un millón de veces. Sigues siendo ese remitente secreto, la fotografía bajo mi cama y la caja sellada llena de recuerdos.

Siento incomodarte al no poner punto final a nuestros momentos, yo no olvido a tu ritmo ni soy tan fuerte como creía. Sé que no debo culparte, pero eres el único que hace latir mi corazón rápido y lento al mismo tiempo, ese que detiene mi aliento con un beso, ese que sigo necesitando como si del mismo aire se tratase.

Éramos eso que pasa cuando dos continentes chocan ese movimiento téctonico, pues tu cuerpo en contacto con el mío movían universos, creaban nuevas montañas, ríos y bosques. Simplemente creábamos un mundo nuevo, un mundo nuestro que al menos por unas horas era sumamente real.

Puede que efectivamente sea una tonta por amarte sin medida y no obligarme a olvidarte, pero así es el amor, totalmente irracional. Pues somos eso que nunca volverá a repetirse, eso que pasa una sola vez mientras estamos vivos porque encontrar el amor es mucho más difícil que el tocar las estrellas con la yema de los dedos, raro e inalcanzable.

Y no, aunque no lo creas no me pesa tener fe en lo que ocurre entre nosotros, porque sigo prendida de eso que paso cuando nos conocimos, de ese roce de manos, de la forma sutil que tuviste al robarme un beso y la maestría para entrar en mi corazón. Porque somos eso que paso esa tarde que me pediste sentarte a mi lado e invitarme un café, ese lugar que sigo guardando por si un día decides volver. Al final, lo único que te voy a pedir es que nunca actues como si nunca hubiera luchado por ti.

Comenta en el recuadro