El extraño sonido en la memoria

Hace unas horas percibí un extraño sonido en mi memoria. Si, era extraño porque ya lo había olvidado. Me había dado por tomarlo y meterlo en un cajón de la mesita de noche, después de haber sido mi compañero eterno, mi amante furtivo, mi condescendiente.

Lo hallé junto a mí de nuevo, con la sonrisa enmarcada en los labios. Al principio lo ignoré como se ignoran a los viejos vecinos, pero lo tomé en cuenta después, como se toman en cuenta después a los nuevos vecinos.

Me molestaba haciéndome sentir su nauseabunda presencia. Así que decidí deshacerme de él. Lo metería de nuevo al cajón pero esta vez sería definitivo: lo carbonizaría en el fuego.

Eran medidas rudas para el sonido molesto. Me había entretenido durante meses haciéndome sentir importante, mostrándome ideas de lo que debía hacer. Se había apoderado de mi ligera voluntad con tan poco. Sentía como cada vez iba ostentando más poder sobre mis cabales. Así que se me ocurrió encerrarlo por un tiempo.

En un inicio lo extrañé. Era cómodo tener quien solucionara las cosas, quien se lamentara por mis errores, quien me hiciera ver aciertos y fracasos. Pero me hartó con su sentido patriarcal, con la sensación de oráculo inminente, de protagonista inmortal. Mis razones para no volver a sacarlo se tornaron firmes pues empecé a conocer  la libertad. La invité a vivir en mi casa y todas esas razones se convirtieron en recuerdos, en susurros de la mente y finalmente en olvido.

Por ello al levantarme esta mañana lo sentí extraño. Tardé mucho tiempo en recordar de donde provenía,  pero al hacerlo una cascada de ideas cayeron sobre mi mente. Y recordé todo.

Me dieron choques  de temor. ¿Quién se creía para venir a hostigarme de nuevo? Yo no le había dado vida, el me había elegido a mí. Pero yo ya no quería elegirlo a él. Así que lo tomé y lo metí en el cajón. Encendí los leños de la fogata del salón y comencé a atizarlos. Es simple, pensé.

Tomé el cubo de madera y lo arrojé sin dudarlo. Vi como las llamas empezaron a consumirlo, a desgarrarlo, a alimentarse y, finalmente, despreciaron las cenizas yéndose satisfechas.

-Al menos no estaré sola- pensaba. Y sin embargo lo estaba. Cuando me percaté de ello busqué a la libertad por todos lados. Ya no se encontraba. Ni rastros de los colores que emitía, del dulce olor a hierba fresca que emanaba, ni luz, ni luna, ni nada.

Entré en desesperación, en paroxismo. ¡Dónde está!, ¿Me habría abandonado? ¿Con qué razones? Estas y otras cosas pasaron por mi cabeza. Porque la soledad es más terrible que aquel sonido molesto. La soledad sin libertad trata con saña, con vileza, sin remordimiento. La libertad le da ese toque generoso a la soledad formando un estupendo dúo. ¿Pero ahora qué? ¿Quién me salvará de su terrible compañía?

Entonces miré las cenizas del cubo. Ahí entre todas las partículas grises estaba los tenues colores de la libertad. Lastimada corrí a ver si habría forma de revertir lo hecho, de volver el tiempo porque mis buenos momentos se iban con ella. Pero no, muerta entre cenizas estaba.

Y entonces comprendí que para poder vivir con la libertad tenía que vivir también con los sonidos  de la mente que resultaban molestos. Para poder vivir con la soledad necesitaba de la libertad. Y para poder vivir con ellos juntos, necesitaba de la tolerancia, la prudencia y otro par de buenos amigos  que había olvidado abrirles la puerta de mi casa.

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Sofía Hernández
Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en UNAM, enamorada de la literatura y la música. Prototipo de lingüista y escritora en construcción. Amante de los pequeños placeres de la vida.

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