Todos los años, aunque cada vez menos, suelen llegar este tipo de películas de corte reducido, de bajo perfil, pero que suelen destacarse por algo que ensancha el boca a boca entre el público y asciende el alcance que, con sus recursos, puede llegar a tener. Este año es el turno de La Buena Esposa (The Wife), una cinta británica bajo el sello del director sueco Björn Rouge (Happy End, 2011); y ese algo que transforma por completo la percepción de la película es la clase de interpretación que da Glenn Close.

The Wife es una película que apareció de “la nada” pero que podría pasar a la historia como la película que le dio a Glenn Close su primer Oscar tras siete nominaciones. Entonces, ¿realmente vale la pena ver La Buena Esposa?

¿De qué trata The Wife?

The Wife es la adaptación de la novela del mismo nombre escrita por Meg Wolitzer y publicada en 2003. La historia se centra en el matrimonio de Joan (Glenn Close, La Increíble Historia de Albert Nobbs) y Joe Castleman (Jonathan Pryce; Juego de Tronos), a partir del día en que se enteran que este último recibirá el Premio Nobel en literatura. La grata sorpresa produce una felicidad que se extingue en cuestión de horas cuando, en su camino a Estocolmo dónde Joe recibirá el premio, empiezan a aparecer secretos y verdades que tanto él, un escritor narcisista y ella, una abnegada esposa han estado ocultando durante cuarenta años y que repercutirá directamente en su, aparentemente, estable matrimonio y David (Max Irons, The Riot Club), el hijo de ambos.

[Evitando hacer spoiler, me reservaré el gran secreto que guarda toda la película; para quienes ya la han visto, entenderán todas las referencias]

El precio del silencio

Jane Anderson (ganadora del Emmy por Olive Kitteridge) firma un guión que, por momentos, se siente más teatral que cinematográfico. La película reposa prácticamente todo el peso en los hombros de sus actores y prescinde de otros detalles por lo que el resultado, no es del todo equilibrado.

La película profundiza en las tensiones de la vida familiar, sin dejar ningún miembro ileso. Hay un esposo, esposa, hija e hijo. Está configurado para parecer que son la familia perfecta. Y en comparación con todos los demás, tal vez lo sean. Pero la escritora y el director elaboran magistralmente el resentimiento subyacente con una necesidad personal de reconocer que cada personaje principal parece tener, mientras que cada individuo aún conserva su propia voz.

Es decir, hay un guión que introduce el conflicto de manera sutil. Desde la primera escena sabemos que el matrimonio Castleman a pesar de ser “perfecto” tiene sus grietas; y en efecto, una vez que la historia entra en calor vemos como paulatinamente la pareja empieza a tambalearse como una torre de cartas. Cada escena, cargada de diálogos punzantes entre la familia Castleman (padres e hijo) y un insistente y entrometido periodista se entrelazan con flashbacks que nos ayudarán a comprender lo determinante que es ese gran secreto que funciona como el momento clave para comprender el auténtico conflicto entre el matrimonio.

Por suerte, el guión confía en sus actores pero también les concede dos personajes muy bien descritos que junto a la historia van tomando forma. Los Castleman son una familia artística y disfuncional. Joe es un narcisista que se cree mejor de lo que es; por lo tanto se cree con el derecho de ver por encima del hombro a su hijo, David, un joven que se esfuerza demasiado por complacer más a su padre que así mismo; y Joan, una escritora retirada que por amor ha aprendido el arte de convertirse en sombra, una sombra opacada por el egocentrismo de su esposo. Y a pesar de esa sumisión, nos han vendido La Buena Esposa como feminista y claramente lo es; independiente si las decisiones de Joan son buenas o no (que dicho sea de paso abre debate) son sus decisiones. Ella siempre tiene la última palabra.

Estilo noventero para bien y para mal

Más allá de un guión intimista, correcto, y unas interpretaciones de lujo; The Wife presenta varios inconvenientes. En primer lugar se percibe a leguas el bajo presupuesto. Las escenas en interiores, presuntamente en lujosos hoteles y salones, no se sienten tan lujosos. El director de fotografía tampoco se esmera demasiado en conseguir planos memorables; excepto esos que capturan cada expresión de Glenn Close.

Sin embargo, hay algo en la película que captura la esencia de los noventa tanto en forma como en fondo. Es decir, se percibe que la historia está ambientada en esta década y eso tiene mérito tomando en cuenta que no es fácil ambientar los últimos años del siglo pasado. Pero a su vez la historia se siente rancia, como si estuviera rodada en los noventas. Escenas dentro del hotel donde se hospedan los Castleman recuerda a Perfume de Mujer, esa película que le dio el Oscar a Al Pacino y que al igual que The Wife se regodea en el conflicto de su protagonista y como afecta directamente a sus seres allegados.

Adicional, hay varios viajes diferentes: a 1958, 1968, 1992, a Connecticut y a Suecia. Me encantaron especialmente los trajes de los años cincuenta, donde en efecto la película se esmera más en cuanto a diseño de producción y vestuario. Me encantan los estilos de ese período de tiempo. Lástima que también tengamos la oportunidad de experimentar sus actitudes de contracción del alma hacia las mujeres.

Glenn Close en la interpretación de su carrera

Sería injusto mencionar el trabajo de Close y no el de sus compañeros. Por eso es mejor comenzar por lo breve, hablando de ellos. En primer lugar esta Christian Slater en un papel bastante secundario pero sabiendo capturar la intromisión de su personaje. Max Irons también está en estado de gracia como el atormentado y depresivo hijo de Joan y Joe que busca desesperadamente la atención y aprobación de su padre. Luego está Jonathan Pryce que da vida al narcisista y mujeriego Joe Castleman que dota al personaje de gestos que acompañan sus agrias intenciones. Como las versiones joven de Joe y Joan están Harry Lloyd que resulta tan repulsivo como la versión mayor del personaje y consigue hacernos creer que se trata de uno mismo; al igual que Annie Starke quien lo tiene más fácil, ya que es la hija de Close en la vida real.

Glenn Close. Por fin llegamos a la cúspide de la película así como ella ha llegado a la cúspide de su carrera. Una actriz que adiciona en su filmografía interpretaciones como la de Atracción Fatal, Albert Notts e incluso su icónico papel de Cruela de Vil en 101 Dálmatas, decir que en The Wife concede la mejor interpretación de su carrera son palabras mayores pero es que es exactamente lo que hace. La veterana actriz da un recital interpretativo afianzado en gestos, miradas, ausencia de mohines o tics. Si no fuese por lo mal gestionada que ha estado la promoción de la película en la temporada de premios y por una estrella que ha nacido (llamada Lady Gaga) estaríamos hablando de Glenn Close como la ganadora al Oscar de este año. Pero por los momentos nos toca esperar.

Aunque la película descuida ciertos aspectos; hay que reconocer que Björn Runge y la escritora Jane Anderson son capaces de convertir lo que, en manos menores, podría haber sido un melodrama seco en un misterio fascinante y sorprendentemente poético. La Buena Esposa es como balón inflable que sabes que inevitablemente explotará a medida que recibe más aire y todo lo que podemos hacer es ver y esperar a que explote al mismo tiempo. Close y Pryce están en sus mejores trabajos.

La Buena Esposa es una cinta intimista, muy teatral y que descuida ciertos apartados al confiarse descaradamente en el virtuoso desempeño de sus actores al sacar un trabajo adelante. No es de las mejores películas del año pero a pesar de su contenido dramático y sus desinteresadas intenciones de capturar el interés del público, es una película que se puede ver y que vale la pena ver.

No te preocupes, Glenn. Si Lady Gaga te arrebata el Oscar, tú ya has ganado en nuestros corazones.

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