Corría el año de 1963 y en cualquier radio de Inglaterra y, me atrevería a decir, de toda Europa, salía una misma canción. Al ritmo de los Beatles, todos podían cantar a la cuenta de tres “She loves you, yeah, yeah, yeah…”. Medio siglo después, la canción sigue siendo conocida y amada por todos. Una agrupación, 4 simples muchachos, una sencilla canción, dos minutos y medio de acordes y tenemos fama eterna.

   Hablo de esta canción no porque sea la mejor ni la más famosa de “The Beatles”, pero sí es una de mis consentidas y la que estoy oyendo mientras el compás de las teclas escriben lo que ustedes están leyendo. El punto de usar esa melodía como ejemplo, es resaltar que la música es inmortal.

   Y cuando digo inmortal, lo digo en serio. Eterna. Perpetua. Quizá no todas las canciones serán éxitos rotundos que atraviesen por el alma a generaciones enteras, pero al menos podemos estar seguros de que una canción no tiene fecha de caducidad. No importa si es nueva o de la época medieval, la sensación que nos produce cuando la escuchamos será siempre la misma, y mientras haya quién esté dispuesto a oírla, esa mancuerna canción-sensación seguirá existiendo.

   Y hablando de duplas, otra pareja inseparable es el ser humano y la música. Desde sus orígenes, el hombre ha acompañado todos sus rituales de lo que se podrían considerar cantos y sus propias melodías, las cuales han evolucionado a lo largo de la historia junto con la sociedad y los instrumentos que usan para crear lo que a su entender es música.

   Quizá sea por eso que yo, al igual que muchas otras personas, no nos concebimos sin la compañía musical. Ya sea en el camino hacia la escuela, mientras trabajamos o simplemente para buscar inspiración; al menos yo, busco la música en cualquier momento de mi vida.

   Dedicar canciones, bailar en las fiestas, ponerle soundtrack a los juegos, llegar al punto más alto de una película guiado por su banda sonora, hacer amigos en los conciertos, cantar borrachos, tener una banda favorita para cada humor, tener una canción para cada momento especial… Es innombrable la cantidad de cosas que no están marcadas por la música.

   Es una maravilla encontrar a una persona que habla un idioma completamente distinto al propio, que vivió quizá en otra época o que simplemente no tiene idea de quién eres tú; sin embargo, sabe exactamente lo que piensas y sientes porque fue capaz de componer una canción que en cada golpe de la batería te eriza todos los vellos del cuerpo y que en cada palabra fue dejando un poco de tus propios sentimientos. Es un alivio saber que para las veces que no encontramos cómo sacar todo lo que llevamos dentro, podemos confiar en que alguien más supo cómo hacerlo y bastará con escuchar sus creaciones para cantar a todo pulmón y sentirnos descargados.

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Mariana Huerta
Soy Mariana, estudiante de la escuela y de la casa, de las amistades y del día a día, estudiante de la vida. Quizá mis cortos años; porque sí, son pocos; no me permitan decirles todo lo que he hecho pero sí todo lo que soy. Me gusta sorprenderme pero me gusta aún más sorprender. Escribir es un lujo, mi pasión, mi escape y contacto con la Mariana de adentro, con todo lo que me rodea. Un gusto estar aquí.

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