Cerré los ojos, ya no quería pensar más esa noche. Me dejé caer sobre ese incómodo sofá, después de un día largo y cansado. Estaba terriblemente abrumado, los cuchicheos no cesaban y yo tenía unas ganas enormes de que todos se callaran, dejarán de susurrar. La noche se hizo más obscura. Solté las manos, entonces en fuga me fui a ese lugar encantando, Lagunas de Servín.

La cabaña está rodeada de pinos, ese olor tan característico se hunde hasta mis pulmones y me refresca el espíritu. Nunca he sido una persona muy activa, pero cuando llego los fines de semana a ese lugar, me siento libre. Tanto como las aves que me acompañan en las largas caminatas que doy junto a papá. En cada andar descubrimos nuevos atajos.

Encontramos una vereda que nos llevó a conocer varias especies de hongos con un sin fin de colores. Eran rojos, cafés, amarillos, naranjas  muy intensos. No creí que existieran esos colores tan vivos, son tan brillantes que parecen sacados de algún cuadro. Hay otros con grandes manchas blancas, parecen paraguas protegiendo la tierra que los rodea.  El  olor a frescura con madera nos persigue, se  impregna  durante las largas horas que duran nuestras exploraciones. Repetimos este andar una y otra y otra vez, observamos el movimiento parsimonioso de estos pequeños seres.  Parece que  respiran, los he visto.

Hemos tomado otro atajo, ese camino nos gusta por el crujir de las hojas secas. Cuando andamos por ahí, el silencio invade todo el lugar. Como susurro se escuchan nuestros pasos y luego como un grito fuerte, el  eco del chillar de las hojas corre por cada rincón, los gorriones  vuelan, las ardillas salen disparadas, los cenzontles cantan. Luego vuelve el silencio, luego  todo se repite una y otra vez hasta salir de ese camino.

Papá, me contó que un día se encontró con un gato montes de frente.   -No tuve miedo mi´jo- me dijo. Mientras me narro la historia con ruidos del animal, gemidos, exclamaciones y uno que otro chingao, mis ojos se abrían de sorpresa y admiración por la valentía que demostró en su encuentro. Aún no sé cuanto fue cuento y cuánto verdad, pues en 30 años no he visto uno solo. Pero me guardo la sensación de admiración.

Después de largas horas de caminata y charla, regresamos a la cabaña. Cómo me gusta mirar el techo a dos aguas, siempre parece húmedo. Los grandes bloques que construyen las paredes, esas que nos resguardan por las noches; son  fuertes, valientes de los peligros de la obscuridad infinita. Esa que es más negra que cualquier gama de negro, que no alcanzas a ver ni la punta de la nariz.  A veces da miedo. Esa dama se junta con el silencio, luego el viento en pequeñas ráfagas los acompaña; el cuerpo se eriza.

Papá es un gran maestro del asador. Cómo en ritual se prepara para empezar  la ceremonia. Escoge como gran catador la leña, troncos listos para ser devorados por las llamas. El asador lo dispone en una esquina de la cabaña bien plantado para que no se mueva, no vaya a ser la de malas y nos quedamos sin carne o peor, ocasionamos un incendio que ni con toda el agua que pedimos de la pipa nos alcanza para apagarlo. Dispone leña, carbón, ocote y alcohol, enciende la llama y de una diminuta chispa, surgen rojos intensos y un calor que,  mejor estar un tanto alejado, pues cala. Con maestría toma los cortes, que con gran cuidado seleccionó, para posarlos en la rejilla. Veo el orgullo en sus ojos, cada movimiento de las pinzas parecen estudiados, como un director que va orquestando con su batuta mágica. Yo espero ansioso, me paro a un lado para ser el primero en tener el trozo número uno en mi plato, pues siempre tiene público que corre a probar sus delicias gastronómicas.

Por las noches ya antes de dormir, se sienta junto a mí. Arropados hasta las pestañas, pues la temperatura desciende tanto que una gota de saliva, la utilizas como hielo para el whisky que cae tan rico antes de soñar. Toma el libro que me ha leído desde que mi razón es clara, El bondadoso hermano menor, hacemos de cuenta que es la primera vez que se abre y nos sorprendemos juntos con la historia, aunque a decir verdad, me lo sé de pe a pa.

Algún día vendré a vivir aquí, lo pienso y pienso. Me gusta esta soledad, el frio que me recorre y la sensación en mi cuerpo cuando me abrigo, el calor de la chimenea, el viento que chilla y rasguña las paredes. La neblina que me da los buenos días y el canto del cenzontle que habla conmigo.

Lejana la voz de mi flaquita escucho. Mis pesados párpados no pueden abrirse, aún mi cuerpo está desvanecido en el sillón de este velatorio frío y sombrío.

Por fin puedo abrir los ojos, mi flaca está ahí parada junto al ataúd. Con torpeza me levanto, aún aletargado. Le tomo la mano mientras veo el rostro de papá, en ese  sueño profundo del que ya no regresará jamás.

-Lástima que no lo conociste flaquita, era bondadoso y amable. Mañana nos vamos a vivir a la cabaña-  Apreté con fuerza su mano para que no rodaran lagrimas.

 

Alejandra Olson

sueño en lagunas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Alejandra Olson
Espíritu congestionado por las letras, que busca encontrarlas en el camino del hacer literario y de éste encuentro aparezcan historias de empatía con los ojos participantes del espectador. Se dice incipiente escritora, pues cada día se descubre, redescubre, encuentra, pierde hilos dentro de éste oficio. Oficio que necesita dedicación, amor y empeño. Ella es así, tan natural como la vida se lo permita y aguerrida.

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