Me encantó conocerte, a pesar de todo verte esa noche en aquellas ropas de luto que te sentaban tan bien es uno de los recuerdos más gratos de mi vida. Contrastaban con el blanco de tu piel y el rojo de tus labios, tu extrema delgadez tenía algo sensual para mí, como si fueras pura piel pegada a los huesos. Algo tenías que supe en ese momento que había conocido a la mujer de mi vida.

Te acercaste al ataúd y sonreíste vagamente, colocaste una rosa roja y te perdiste entre la multitud de aquel lugar, paseabas entre lo que supuse eran tus familiares, aunque no estaba seguro de tu relación con aquella gente. Solo sentí la inmensa necesidad de seguirte, averiguar más de ti, más de tu belleza y sensualidad.

Te movías bastante rápido, como si tus pies no tocaran el suelo, mirabas a la gente y hacías anotaciones en una pequeña libreta, rápida, fugaz. Finalmente corrí y toque tu hombro, te giraste y me topé con esos ojos de alargadas pestañas que dejaban sin aliento, una mirada vacía me hizo sentir como un escalofrio que me recorría.

Esos ojos vidriosos tenían vida propia, tus rasgos finos y esos labios, esos labios rojos eran algo que jamás había visto en nadie. Nos quedamos mirándonos y algo pasó, abriste esa boca para preguntarme si estaba preparado para morir. Pensé que por probar tus labios estaba dispuesto a aceptar el riesgo.

No entendí muy bien tu pregunta, pero quería saber tu nombre, “Me dicen Santa” dijiste. Tomé tu mano, helada, como si por tu cuerpo no corriera sangre sino hiel. Te pedí caminar conmigo y salimos de aquel velorio a recorrer el cementerio, hablar de la vida y lo delicado de su naturaleza.

Después callaste y yo no me atreví a decir nada, había un silencio sepulcral; transmitías una paz única y solo deseé morir en ese momento, pues me sentí completamente feliz. Me detuve y con mis dedos pase tu cabello atrás de tu oreja, esa cascada azabache era perfecta. Eras simplemente hermosa, la imagen de lo prohibido.

Quise besarte y me detuviste diciendo “No puedo hacerlo, eres demasiado joven, no es tu tiempo”. No entendía nada, creo que viste la confusión en mi rostro porque me acariciaste y el frío me paralizó. “Si te beso dormirías por siempre, de cualquier forma terminarás siendo mío, estaremos juntos, no hay prisa”, después de esto te alejaste entre las tumbas y me dejaste ahí anhelándote.

Regresé a tiempo para la cremación y escuché entre la conversación de unas mujeres una frase que me llegó al alma “Después de tanto sufrir, finalmente recibió el anhelado beso de la Santa Muerte”.

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