No sé en qué momento a mis padres se les ocurrió que era una buena idea mudarnos a esa gran casa en un pueblo del cual nunca había oído hablar. Tampoco estoy segura si el precio era adecuado por esa casa de imponentes ventanales y grandes candelabros. Era el tipo de lugar en el cual una familia adinerada viviría; sin embargo ahora estábamos ahí nosotros, una familia de clase media con deseos de una vida más tranquila lejos de los grandes edificios.

Habíamos hablado poco con los vecinos que teníamos y todos concordaban en que el pueblo era el mejor lugar para iniciar una nueva vida. Mis padres eran bastante creyentes y pronto preguntaron por la iglesia más cercana; querían agradecer a su Santo por haberlos llevado a tan hermoso lugar. Por alguna razón, cada vez que ellos mencionaban ésto, los vecinos callaban y decían que no había ninguna por los alrededores.

Un buen día, decidimos recorrer todo el pueblo ya que hasta el momento sólo conocíamos el mercado y algunos atractivos “turísticos” del lugar. Ya entrada la tarde, llegamos a un edificio que para asombro de mis padres resulto ser una iglesia, la misma por la que tanto habían preguntado. Entraron y me pidieron esperar en el auto, sabían que yo no era practicante ni comulgaba con esas creencias.

Espere unos minutos y vi que no salían, así que decidí entrar a buscarlos. Dentro había solo algunas bancas viejas. El lugar realmente se veía decadente, iluminado únicamente por velas; sólo unas cuantas personas rezaban aún y el cura se encontraba ya recogiendo el altar. Todo se veía bastante deprimente y no solo por las paredes cuya pintura se estaba cayendo, sino por las expresiones de las personas que parecían sinceramente afligidas, incluyendo la del cura.  Mis padres estaban ahí, se disculparon por la demora; al parecer entraron justo cuando la misa iniciaba.

De regreso, paramos a cenar en una pequeña fonda familiar bastante agradable; mis padres empezaron a charlar la dueña del lugar y comentaron acerca de la iglesia. La señora palideció de pronto y pregunto a cual iglesia se referían, al explicarle la ubicación ella llamo a su marido para contarle.

Al ver que no entendíamos nada, el dueño nos contó que en el pueblo todos habían dejado de ir a la iglesia a pesar de escuchar las campanadas, no era falta de fe sino que esto había ocurrido desde el ataque años atrás. Al parecer una tarde, antes la misa de las 6, uno de los habitantes del pueblo, practicante de ritos extraños, había tomado una de las veladoras del altar y arrojándola al suelo había quemado todo el edificio junto con el cura y algunos fieles que no habían alcanzado a salir.

Ningún cura había querido venir al pueblo y reemplazar al fallecido, por ello ninguno de los fieles ni siquiera se había molestado en tratar de reparar la iglesia en ruinas y había terminado abandonada. Aún así, las campanas seguían sonando puntuales y algunas personas, al igual que nosotros, aseguraban haber acudido a misa de las 6.

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