Los recuerdos de la niñez se quedan en el alma imborrables.

De ladrillo gris estaban hechas las habitaciones de la casa de la abuela Bernabé. Al entrar, era como si el sol se quedara fuera, a los rayos no les estaba permitido el acceso. El piso del patio principal de cemento frío, las ventanas eran tan pequeñas, que la luz apenas entraba a su alcoba; era un cubo enorme cubierto de sombras.

Tenía la cama exactamente en medio del cubo, lo partía en dos, el piso era de parqué siempre bien encerado. En una esquina había una cajonera color chocolate, sobre ella tenia fotografías color sepia o en blanco y negro de la familia, a mí me gustaba mirarlas y ella las cuidaba con todo cariño. Tenía un florero  de cristal, largo color azul cobalto, donde cada sábado le poníamos una rosa roja. Me parecía que le daba pequeños toques de color a las fotografías.

Cada sábado estaba recostada sobre la cama. Escuchaba los pasos que dábamos, como si adivinara o no sé si alguna vez los contó, cuantos necesitábamos para llegar hasta donde estaba. Allí reclinada con esa luz tenue, unos esbozos de rayos marcaban su expresión, sus ojos parecían dos lamparitas encendidas titilando. Al sonreír, lo blanco de los dientes iluminaba todo y dejaban ver la silueta de un perfil afilado. Yo daba un salto para sentarme junto a ella y me contaba una historia sobre mi bisabuelo y la revolución; recargada en las almohadas de plumas me invitaba a recostarme sobre su pecho, me rodeaba con su brazo la espalda y su mano suave y delgada rozaba mi mejilla con ternura, mientras su voz melodiosa me arrullaba.

Mamá entretanto, preparaba la tina para el baño, era de metal y grande, entraba y salía por cubetas. La abuela era la lámpara en esa habitación. De piel blanca, tan blanca como el camisón de algodón que usaba, cejas y pestañas blancas y esas mejillas que hacían juego con la rosa de la cajonera.  Bernabé era la vida en ese espacio muerto.

Una vez listo el baño, apoyaba una mano sobre mi cabeza y la otra en el brazo de mamá, con paso lento caminábamos hacia la tina. La sentábamos en un pequeño banco y allí mamá la bañaba. A la abuela le gustaba mirarse al espejo, le colocábamos uno de cuerpo completo, de esos que están suspendidos y son detenidos por una estructura de madera. Yo era la encargada oficial de soltarle la trenza. El cabello le caía sobre la espalda y se la cubría, desprendía un olor a naranja, era sedoso y plateado. Después de lavarlo, Bernabé estiraba el brazo con un cepillo de cerdas blandas y delgadas, yo le cepillaba y ella cantaba. Se miraba al espejo, me miraba y sonreía, siempre sonreía como si con ello pudiera describir la felicidad. A veces tomaba mi mano, la acariciaba sin decir palabra y sonreía. Sentía paz, veía sus ojos y mis músculos se hacían flojitos, era feliz con Bernabé. El corazón se me ablandaba, palpitaba lento, escuchando la sangre que fluía por todo el torrente de mi cuerpo y no dejaba de mirarla.

Un día de madrugada sonó el teléfono. La voz de mamá se quebró, colgó la bocina y lloraba desolada mirándome, no entendí y sólo la abrace. Después de ese día paso un sábado, pasó otro y muchos más, ya nunca volví a aquélla casa sombría. Buscaba el olor a naranja y miraba la luna recordando los hilos plateados que los sábados desenredaba. No entendía, nadie me dijo nada, nadie me decía nada. Una noche la abuela bajó con alas de ángel, me platicó que ahora vivía en otro mundo, me abrazó y mis ojos fueron un río. Pero  después de esa noche ya no la extrañé más, pues en mis sueños le peinaba y trenzaba su plateado y largo cabello, jamás volveré a ver una cabellera igual.

Ale Olson

Imagen: http://www.morguefile.com/archiven

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Alejandra Olson
Espíritu congestionado por las letras, que busca encontrarlas en el camino del hacer literario y de éste encuentro aparezcan historias de empatía con los ojos participantes del espectador. Se dice incipiente escritora, pues cada día se descubre, redescubre, encuentra, pierde hilos dentro de éste oficio. Oficio que necesita dedicación, amor y empeño. Ella es así, tan natural como la vida se lo permita y aguerrida.

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