Para: Plecos mon coeur. Hay historias que nos desgarran las entrañas de tanto que sentimos.

Orgulloso porta el traje de luces, pasea frente a sus ojos con tal naturalidad que parece un espíritu diáfano, sensible y deslumbrante. Él se presenta contando historias poéticas, historias épicas; el lenguaje de su cuerpo, sus manos y lengua se visten de un rojo intenso, que mueve hasta la fibra más íntima. De ojos grandes y piel blanca, porta hermosura no sólo en el traje también en el rostro sonriente y afable que enseña en el primer paseíllo.

Ella, de sensibles fibras, con una inocencia que la lleva al ruedo de la vida creyendo cualquier historia que la haga moverse de un lado a otro. De naturaleza fuerte, espíritu bravío y quimeras volando por su mente. Pasa frente a sus ojos ese matador que rompe plazas y corazones valientes. Ella de piel suave, mirada dulce, con curvas bien formadas en el cuerpo; elegante el andar y las expresiones corporales. Se encuentra de frente con él en la plaza central.

El viento sopla, el cielo está lleno de estrellas titilando y la ciudad iluminada. A lo lejos los arcos resaltan su belleza arquitectónica. Ella, señala cada línea que forman los 74 arcos del acueducto y cuenta una breve historia sobre su construcción. Él en una suerte de verónica la toma por sorpresa por la espalda, rodea su cuerpo cálido, ella se deja llevar al ritmo de la respiración pausada que siente en su hombro izquierdo, a causa de la cercanía de la cara de él. Unos segundos más tarde él asesta un puyazo en sus labios carmín, siente la suavidad de su carne, la ternura que brota de sus pupilas.

Van por esas calles adoquinadas del centro, en su andar encuentran un rincón cubano. Él, de un salto llega a la puerta haciendo un suave movimiento con su mano derecha invitándola a pasar. Un hombre mulato les asigna una mesa, mientras, él ordena enseguida mojitos para brindar. De fondo el salsero Luis Enrique y su “yo no se mañana”. Ella mueve los hombros al compás de las congas. Suave, sensual, de un lado a otro. Las miradas que se cruzan después son fieras, interminables. El espacio se hace breve entre ellos, se miran cada arruga, cada poro que abre la noche, sienten el olor de su piel, ella madera él cítrico. Los cristales chocan a la voz de salud. Un trago, después él, en un segundo puyazo, le roba dos, tres, cuatro besos y las manos cálidas pasan por la espalda de ella, le erizan la piel.

En ésta noche flota en el aire un suave olor a rojo, el olor de la pasión. Ráfagas de viento hacen latir la sangre, hierve el alma, se regocijan los sentidos y se descubre el mundo. Ella se redescubre para amar, quita el freno a su espíritu joven. Se lanza ante el matador que va haciendo una faena limpia.

El recorrido siguió por los callejones, las plazas, antros, cantinas abiertas a su paso de la ciudad que habita ella. La madrugada los sorprende fuera del mesón de Santa Rosa, donde él hospeda sus secretos de vida. Una invitación al amor, a soñar junto a él.

Pasión desbordada en una habitación por él, ella. Sus cuerpos desnudos se reconocen como la parte viva del otro. Suaves movimientos, tiernos y el aire huele a nubes blancas que bailan alrededor. Él clava sus banderillas adornadas de colores vivos sobre la espalda de ella, en caricias pinta su cuerpo en la mente mientras desliza las yemas de su mano por el arco que forma. Así el cansancio los vence, enredan sus piernas, sus brazos y caen en un sueño profundo, que repara el espíritu y el amor.

El tiempo entre los encuentros de él y ella, son más cercanos. En cada uno de ellos tienen el momento exacto para enamorarse. La distancia aviva el fuego que crece en cada mirada.

Ella decide una mañana salir a buscar a su matador. Sale con una maleta pequeña, una sonrisa en los labios, esperanza en el corazón, perfume en las muñecas y sueños por realizar. Le toma tres horas llegar a donde él habita.

Él en las historias contadas le habla siempre con mucha alegría de un pequeño restaurante en el centro, café Cuba. Ahí desayuna todos los sábados siempre a la misma hora. Ella busca en la guía turística el lugar.

Ella atraviesa el lugar con una sonrisa amplia, él está de espaldas a ella. Lo ve, su corazón sobresaltado de emoción, su cuerpo siente cada palpitación con el fluir de la sangre desbocada. Las entrañas le hierven y la sonrisa es más grande. Da pasos gigantes para alcanzar su espalda. Pero luego voltea la mirada al asiento de enfrente, la sonrisa se debilita, el corazón se constriñe y el flujo de sangre parece desvanecer.

Ella con naturalidad de un encuentro casual se acerca a la mesa, pone su mano en el hombro izquierdo de él, en un apretón que lo deja sin movimiento. Él voltea y el rostro se le palidece. Sus manos se vuelven temblorosas y la voz quebradiza.

De un salto se levanta de su asiento, titubea. Mira a su acompañante, no hay más remedio tiene que dar el estoque a ella. Un saludo casual, apático y luego la presentación. Voltea con la mujer que lo acompaña y presenta a ella. Para ella dos palabras  mortales –Mi esposa.

Orgulloso porta el traje de luces, pasea frente a sus ojos con tal naturalidad que parece un espíritu diáfano, sensible y deslumbrante. Él se presenta contando historias poéticas, historias épicas; el lenguaje de su cuerpo, sus manos y lengua se visten de un rojo intenso, que mueve hasta la fibra más íntima. De ojos grandes y piel blanca, porta hermosura no sólo en el traje también en el rostro sonriente y afable que enseña en el primer paseíllo.

Ella, de sensibles fibras, con una inocencia que la lleva al ruedo de la vida creyendo cualquier historia que la haga moverse de un lado a otro. De naturaleza fuerte, espíritu bravío y quimeras volando por su mente. Pasa frente a sus ojos ese matador que rompe plazas y corazones valientes. Ella de piel suave, mirada dulce, con curvas bien formadas en el cuerpo; elegante el andar y las expresiones corporales. Se encuentra de frente con él en la plaza central.

El viento sopla, el cielo está lleno de estrellas titilando y la ciudad iluminada. A lo lejos los arcos resaltan su belleza arquitectónica. Ella, señala cada línea que forman los 74 arcos del acueducto y cuenta una breve historia sobre su construcción. Él en una suerte de verónica la toma por sorpresa por la espalda, rodea su cuerpo cálido, ella se deja llevar al ritmo de la respiración pausada que siente en su hombro izquierdo, a causa de la cercanía de la cara de él. Unos segundos más tarde él asesta un puyazo en sus labios carmín, siente la suavidad de su carne, la ternura que brota de sus pupilas.

Van por esas calles adoquinadas del centro, en su andar encuentran un rincón cubano. Él, de un salto llega a la puerta haciendo un suave movimiento con su mano derecha invitándola a pasar. Un hombre mulato les asigna una mesa, mientras, él ordena enseguida mojitos para brindar. De fondo el salsero Luis Enrique y su “yo no se mañana”. Ella mueve los hombros al compás de las congas. Suave, sensual, de un lado a otro. Las miradas que se cruzan después son fieras, interminables. El espacio se hace breve entre ellos, se miran cada arruga, cada poro que abre la noche, sienten el olor de su piel, ella madera él cítrico. Los cristales chocan a la voz de salud. Un trago, después él, en un segundo puyazo, le roba dos, tres, cuatro besos y las manos cálidas pasan por la espalda de ella, le erizan la piel.

En ésta noche flota en el aire un suave olor a rojo, el olor de la pasión. Ráfagas de viento hacen latir la sangre, hierve el alma, se regocijan los sentidos y se descubre el mundo. Ella se redescubre para amar, quita el freno a su espíritu joven. Se lanza ante el matador que va haciendo una faena limpia.

El recorrido siguió por los callejones, las plazas, antros, cantinas abiertas a su paso de la ciudad que habita ella. La madrugada los sorprende fuera del mesón de Santa Rosa, donde él hospeda sus secretos de vida. Una invitación al amor, a soñar junto a él.

Pasión desbordada en una habitación por él, ella. Sus cuerpos desnudos se reconocen como la parte viva del otro. Suaves movimientos, tiernos y el aire huele a nubes blancas que bailan alrededor. Él clava sus banderillas adornadas de colores vivos sobre la espalda de ella, en caricias pinta su cuerpo en la mente mientras desliza las yemas de su mano por el arco que forma. Así el cansancio los vence, enredan sus piernas, sus brazos y caen en un sueño profundo, que repara el espíritu y el amor.

El tiempo entre los encuentros de él y ella, son más cercanos. En cada uno de ellos tienen el momento exacto para enamorarse. La distancia aviva el fuego que crece en cada mirada.

Ella decide una mañana salir a buscar a su matador. Sale con una maleta pequeña, una sonrisa en los labios, esperanza en el corazón, perfume en las muñecas y sueños por realizar. Le toma tres horas llegar a donde él habita.

Él en las historias contadas le habla siempre con mucha alegría de un pequeño restaurante en el centro, café Cuba. Ahí desayuna todos los sábados siempre a la misma hora. Ella busca en la guía turística el lugar.

Ella atraviesa el lugar con una sonrisa amplia, él está de espaldas a ella. Lo ve, su corazón sobresaltado de emoción, su cuerpo siente cada palpitación con el fluir de la sangre desbocada. Las entrañas le hierven y la sonrisa es más grande. Da pasos gigantes para alcanzar su espalda. Pero luego voltea la mirada al asiento de enfrente, la sonrisa se debilita, el corazón se constriñe y el flujo de sangre parece desvanecer.

Ella con naturalidad de un encuentro casual se acerca a la mesa, pone su mano en el hombro izquierdo de él, en un apretón que lo deja sin movimiento. Él voltea y el rostro se le palidece. Sus manos se vuelven temblorosas y la voz quebradiza.

De un salto se levanta de su asiento, titubea. Mira a su acompañante, no hay más remedio tiene que dar el estoque a ella. Un saludo casual, apático y luego la presentación. Voltea con la mujer que lo acompaña y presenta a ella. Para ella dos palabras  mortales –Mi esposa.

Imagen: http://www.morguefile.com/archive

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Alejandra Olson
Espíritu congestionado por las letras, que busca encontrarlas en el camino del hacer literario y de éste encuentro aparezcan historias de empatía con los ojos participantes del espectador. Se dice incipiente escritora, pues cada día se descubre, redescubre, encuentra, pierde hilos dentro de éste oficio. Oficio que necesita dedicación, amor y empeño. Ella es así, tan natural como la vida se lo permita y aguerrida.

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