Mi padre tenía un viñedo, allá en Baja California. Era pequeño, no tan ostentoso pero recuerdo la felicidad que le brindaba a esos ojos gris oscuro rodeados de arrugas con el tiempo.

Recuerdo que siempre me decía: El vino es la sangre de las uvas, y la sangre es sagrada. Es la vida que Dios te regala.

Claro, yo era demasiado pequeño como para en serio entender esas palabras pero igual, siempre las recuerdo.

Mi padre murió cuando yo tenía doce años. Aunque, más bien, fue asesinado. Por el amante de mamá, Isidro, del viñedo vecino. A la muerte de mi padre, que todos dijeron había sido un accidente, mi madre se casó con Isidro y viven en el viñedo que fuera de mi padre. A mí me mandaron al Distrito Federal, encerrado en una escuela militar hasta hace unos días, que cumplí dieciocho años.

Llevo más de cinco años esperando volver al viñedo. A donde mi padre me llevaba a pasear y me describía, con todas las palabras que podía, su amor por las uvas y el vino. Decidí volver a recuperarlo. Me enteré que Isidro y mi madre quieren venderlo, pero ahora que soy mayor de edad, el viñedo es mío como lo fue antes de papá y mi abuelo.

Camino a casa, veo el paisaje. El viaje en autobús es largo y aburrido, pero no puedo darme el lujo de viajar en avión. El dinero que me llegaba a enviar mi madre, se iba en pagarle a los bravucones de la escuela para que me dejaran en paz. Pasé cinco años intentando sobrevivir, intentando no odiar a mi madre, esperando a regresar. Quería matar a Isidro, pero la culpa no fue toda suya y lo sé. Mientras más al norte va el autobús, más siento como me hierve la sangre. Trago saliva y tiene un sabor metálico, fuerte. Es sangre, mi sangre.

Llegué al viejo viñedo casi al anochecer. Estaba descuidado, las uvas se veían secas, maltratadas, como solían estar siempre las de Isidro. A él no le importaba la calidad de sus uvas, pues sólo hacía vino barato. Abrí la puerta de la casa, todo estaba a media luz, aparentemente nadie me esperaba. Los muebles, los cuadros, todo estaba como cuando me fui, sólo más viejo, descuidado, empolvado.

Voy hacia la cocina, parece no haber nadie en casa. Subo las escaleras hasta la que fuera mi antigua habitación. Está llena de cajas en las que encuentro cosas que alguna vez fueron de mi padre y mías. Nuestras. Recorro el pasillo hasta el baño, me lavo la cara y desperezo un poco antes de ir al que fuera el despacho de papá.

Todos sus libros estaban en cajas, nuestras fotos, también. Donde alguna vez estuvo un retrato de mi abuelo, justo detrás del gran escritorio de roble de papá, ahora estaba una cabeza disecada de venado. Sus ojos vidriosos y vacíos, me recordaron los de mi padre mientras yacía tendido en el piso de la cocina, muerto y con los ojos abiertos. Llevé con cuidado las cajas a mi cuarto, ahí estarían mejor, pues no estaba seguro de qué pasaría después.

Mientras bajaba las escaleras, de regreso a la cocina, escuché a alguien intentando abrir la puerta. Me adelanté a ver y era mi madre, intentando soportar el peso de Isidro que venía ahogado de borracho. La ayudé a entrar a la casa, mientras veía sus ojos de asombro, rodeados de arrugas, cansados. La dejé que acomodara a su esposo en el sillón mientras yo seguía mi camino hacia la cocina. Ella me alcanzó y me preguntó qué hacía ahí. “Esta es mi casa.”

Me miró con extrañeza mientras yo bebía agua, se notaba exhausta y muy delgada. Su cabello lleno de canas. No parecían haber pasado sólo seis años. Se abrazó a mí con demasiada fuerza, pero ese abrazo me hizo sentir sucio y con ganas de vomitar. La aparté de mí y fui a la cava. Esperaba que alguno de los vinos de mi padre siguiera ahí, pero estaba vacía, me asomé a la caja secreta y tampoco había nada en ella. Cuando regresé a la cocina, Isidro estaba de pie frente a mi madre, gritándole cosas que por la borrachera no se entendían. Volteó a verme e intentó abalanzarse sobre mí, pero estaba tan borracho que tropezó justo frente a mí y se golpeó la cabeza en una esquina de la cocina.

Se quedó ahí tirado, inmóvil, con los ojos abiertos y sangre brotando se su cabeza. Mi madre gritó. Más que cuando vio a mi padre morir, casi de la misma forma. Le tapé la boca con la mano para que dejara de gritar. Ella pronto dejó de hacerlo.

Fui a la cava y saqué dos de las barricas que mi padre guardó ahí para sus vinos más finos. Eran de roble francés, que le daba un toque avainillado al vino, seguramente el pobre infeliz de Isidro vendió las botellas de vino más caras de mi padre, sin siquiera saber qué tenía en sus manos. Lo tomé por las piernas y lo arrastré cerca de las barricas. Mi madre estaba inconsciente, al otro lado de la cocina.

Con ayuda de los cuchillos que encontré en la cocina, con calma y cuidado corté una a una las extremidades del borracho. Mientras separaba la cabeza del cuerpo, miré a mi madre, tirada en el suelo, con la cabeza de lado y dejando asomar moretones en el cuello. Corté con más fuerza. Mi padre quizá no había sido el mejor esposo, pero sí el mejor padre. No entiendo como mi madre se fue a enredar con alguien que valía menos que nada. Intentaba no odiarla por ser en parte responsable por la muerte de mi padre, pero, al ver las marcas en sus brazos y piernas también, supe que había tenido castigo suficiente por sus propios actos.

Cuando el cuerpo estuvo en trozos lo suficientemente pequeños para entrar en las dos barricas – necesitaba dos, pues el tipo era demasiado gordo, – lo metí con cuidado y las sellé. Las llevé rodando hasta una de las bodegas y las enterré en el suelo de tierra. No me preocupaba que lo buscaran. Nadie sospecharía de la desaparición de un borracho, y de hecho, estaba seguro que más de uno agradecería no volver a saber de él. Salí y miré el viñedo. ¿Qué le habían hecho al viñedo? Tomé unas latas de gasolina del cobertizo donde guardaban las camionetas, recorrí de cabo a rabo el viñedo, con lágrimas en los ojos, rociándolo todo.

Regresé al cobertizo y encendí un cerillo. Lo lancé al viñedo, aún llorando, sabiendo que necesitaba quemarlo todo para volver a empezar. Mientras todo se quemaba, mi madre apareció en la puerta de la casa, llorando, corrió a mi lado y puso su mano sobre mi hombro. La vi llorar por primera vez en mucho tiempo.

Cuando el fuego se extinguió, entramos a la casa, mi madre me pidió que le ayudara a mover uno de los libreros de mi padre y, debajo de unas cuantas tablas de madera del piso, sacó una botella que yo recordaba, una que mi padre había traído de Francia, al mismo tiempo que aquellas barricas de roble. Mi madre me sonrió y me la entregó.

Empezó a amanecer y me asomé por la ventana de mi cuarto. La cerca que separaba nuestro viñedo del de Isidro no estaba. Ahora teníamos un viñedo más grande, uno que renacería el siguiente año, y que seguiría con el legado de mi padre. Sonreí mientras tomaba otra copa de aquel vino. Tinto, perfumado, suave y avainillado.

2 Comentarios

  1. Wow. Me sorprendiste con esta historia Eva. Ese intermedio, brrr… me puso la piel de gallina.

    ¿Es original? ¿O me podrias decir la fuente?

    Un pequeño error de dedo señito. Habras querido decir “cara” y no “caro”.

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