A nuestro alrededor existen millones pequeños distractores, como el tráfico, el trabajo, la escuela, la rutina, que nos privan de disfrutar las maravillas que nos rodean, porque en cierto punto se vuelven insignificantes o cosa de todos los días como admirar una puesta de sol, contemplar esas noches en las que la luna brilla del tal forma que casi crees poder tocarla, disfrutar del viento rozando tu cara o el solo hecho de maravillarte por estar vivo pero prácticamente ya ni lo notamos.

Hasta que de pronto un día sucede algo que la mayoría podría considerar fútil, pero sin duda cuando te sucede a ti algo pasa en tu interior que te cambia.

Era un domingo por la noche, pero no cualquier domingo, en esa ocasión después de mucho esperar y aguantar temperaturas altísimas de esas que sacan de quicio a cualquiera por fin llovía. Para algunos era un dolor de cabeza, por aquello de que con nada nos dan gusto, escuchaba quejas por todos lados, algo que me sorprendió, porque al menos yo lo único que quería era correr y refrescarme con la lluvia.

Cuando por fin llegué a mi casa ahí estaba él, feliz como un niño pequeño ansioso de conocer todo a su alrededor, tocar, sentir, oler. Corría emocionado de un lado a otro, brincaba, de repente se quedaba quieto pero solo era para recuperar energía y seguir con su alegre recorrido. Realmente me sentí agradecida por haber podido presenciar ese magnífico cuadro, por haber llegado justo en ese instante, no más tarde o más temprano, porque él hubiera elegido mi calle de entre tantas para conmoverme y hacerme recordar las pequeñas cosas que a veces olvidamos, eso que sin gastar un solo centavo te da los mejores momentos.

Me llamó la atención apenas lo vi, porque corrió a mí como si me conociera de siempre, moviendo la cola, ladrando, casi haciéndome una fiesta. Sentí la inminente necesidad de jugar con él, me contagió su júbilo. Pude darme cuenta que aunque uno este solo puede divertirse, sin pensar en el que dirán, si te dan ganas de correr, bailar, saltar, gritar, ¡hazlo! Para eso estamos aquí para vivir al máximo. Y la próxima vez que te sientas triste o sientas que no hay motivos para sonreír piensa que un pequeño cachorro que no tenía nada más que él mismo, ni siquiera algo que comer o un techo pudo ser la criatura más feliz sobre la tierra.

Consejos_Perro_Feliz

Samantha Rocha
                                                                                                                                                                                                          

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