Me dices “Lo siento” y yo sonrió porque sé que esa frase es fingida, ya ensayada un millón de veces. Crees que eres excelente actor y yo sé que no es verdad, se te acabaron los guiones y tu personaje ya es de lo más usado. Dices que no quieres herirme y sin embargo es demasiado tarde porque ya todo te lo he dado, me entregue en cuerpo y alma a lo que creí tan nuestro y ahora no puedo desaparecer todo en un segundo.

Me hubieras dicho que no querías herirme mientras me penetrabas con la mirada y tus ojos ocres atrapaban mi corazón, tal vez no habría existido mayor diferencia, no sé, quizá habría aceptado correr el riesgo porque mi mirada se engancho de tu sonrisa y me perdí.

Pudiste haber mencionado que no me enamorara en el momento en que decidiste que tu cama y mi cuerpo se pertenecían; cuando una y otra vez en esas cuatro paredes de tu habitación me entregaba a ti a pesar de todo, de mi ideología, de mis pensamientos. Cuando pronuncie el primer “te amo” y susurraba a tu oído que era tuya sin reparos, porque te sentía tan mío.

Quizá el mejor momento hubiera sido cuando te pedí que nos casáramos, cuando hacía planes para nuestra vida y la familia que quería formar contigo. Cuando recostada en tu pecho, abrazada a ti, juraba que el mundo era perfecto. Cuando besando tu rostro te decía que te amaba y tú fingías corresponderme.

Hoy tú dices que quieres soltar mi mano para que me aleje antes de que sea tarde, pero ya es demasiado tarde. Creí profundamente en tu actuación, me enamore como una adolescente, sonaba tan sincero todo lo que me decías que aun cuando sin mirarte me alejo poco a poco, me pregunto si en algún momento tus sentimientos fueron sinceros o desde el principio fui solo una diversión.

Camino lento, como quien no quiere irse. No quiero voltear por miedo a ver el frío de tu mirada, esa donde ya no queda nada de lo que un día vi. Hoy sé qué diciembre y tu adiós se pertenecen. Gracias, tu amor fue un gran espectáculo.

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