Un trastorno alimenticio quizá hoy en día más común que la anorexia es la ortorexia. Es probable que pocos identifiquen de qué se trata, pues las campañas contra tal son contadas (si no es que nulas) y la información, a pesar de no ser limitada, recibe muy poca atención por parte de los medios.

Se trata, de acuerdo con el Departamento de Medicina Preventiva y Salud de la Universidad de Navarra, de un cuadro obsesivo-compulsivo caracterizado por una extrema apetencia y selección de alimentos considerados saludables.

No es difícil encontrar a algún individuo, ya sea familiar o compañero que posea indicios de tal problema o una conducta similar a la referida. La típica tía que se la vive en clases de yoga y su principal alimento es ensalada, y sólo preparada con alimentos orgánicos; o el común amigo con complejo de físico-culturista que evita en su totalidad las grasas y consume cantidades inapreciables de sal.

Dependiendo del contexto de la persona, es el riesgo que se corre por tal trastorno. Por ejemplo, alguien cuya fuente de información es la televisión o la radio, se encontrará con varios comerciales sobre lo malo que son las grasas EN EXCESO (la parte en mayúsculas suele ser olvidada), al igual que los azúcares y las sales. Con programas de nutriólogos que se enfatizan el consumo de frutas y verduras. O peor aún, con aquellos gurús de la salud que no dicen más verdades que un político. Surgen obsesiones como la búsqueda de productos llamados orgánicos por la creencia de que son más sanos.

Podría decirse que va en función de los comerciales. Los comerciales son en base a lo que le conviene a las empresas, aunque ya no pueden ser tan indiscretas, se las siguen ingeniando, además de que el señalar “estudios demuestran” o “científicos afirman” no les cuesta nada, sin que haga falta que sea verdad ello o no.

La ortorexia puede ser un problema no sólo para la salud de un individuo, sino también para su economía. Un ejemplo no real, pero con el que muchos se han de identificar (o han de identificar a algún conocido): un pobre adulto joven para el cual el que esté escrito algo es evidencia suficiente, leyó en una revista que el consumo de tomates rojos puede ser nocivo para su salud mientras que los tomates verdes orgánicos son benéficos (información presentada, en muchos de los casos, sin un sustento de investigación). Comienza por obsesionarse con el consumo de tomates verdes orgánicos (más caros y más difíciles de encontrar, en este caso). Algunos litros de gasolina gastados sólo por buscar alrededor de su ciudad el producto indicado y, además, gasta una innecesaria cantidad considerable de dinero en relación con la compra de tomates rojos.

No debemos alimentarnos de sólo ensaladas, ni evitar las sales y los lípidos, tampoco debemos confiar ciegamente en dietas vistas en Internet, en la televisión o en revistas de “salud” (más bien de comerciales en muchos de los casos). Se debe contar con un pensamiento crítico sobre este tipo de situaciones y procurar no caer en la obsesión. Por desgracia en poco se puede confiar, quizá lo más seguro para la búsqueda de estar sanos sea una cita con una persona calificada para ello y estar conscientes, en caso de abandonar pronto un tratamiento, de que se suele empezar por la dieta de desintoxicación, es decir, que esa dieta no es recomendable para toda la vida.

Recordemos también que cada uno posee huellas digitales distintas del otro, cada uno es un mundo de diferencia, entonces la dieta que le pusieron a la comadre no es necesariamente efectiva o recomendable para uno.

Fuente, para aquellos que estén interesados en leer un poco más acerca del trastorno: http://www.alanrevista.org/ediciones/2007/4/art1.pdf

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