Estos días han sido de recordar viejos tiempos, de acordarme de errores que he cometido, cosas que he vivido y hacer que dejen de molestarme y sean parte de mí, con todo lo bueno y malo que dejaron.

Me imagino que así nos sentimos todos en algún momento de la vida y me da gusto saber que puedo darme cuenta de ello siendo aún joven.

Mis amigos de ahora, que espero estén alrededor por mucho tiempo, son muy diferentes a las personas con quienes crecí, eso creo que es bueno, aunque no puedo evitar la nostalgia por las amistades que yo creía lo eran y ahora son sólo recuerdos lejanos.

Durante mi época en la preparatoria (me dan escalofríos al pensar que entré a la prepa hace 9 años), gracias a la depresión tan fuerte que sufría y que en ese entonces no me habían diagnosticado, mis altibajos emocionales me hicieron agarrar la fiesta de formas de más exageradas para la edad que tenía y ahora me doy cuenta de ello. Abusaba del delineador casi tanto como del alcohol y, como a nadie parecía importarle, yo sólo disfrutaba.

Pero también esa fue la época en que hice algo que amo (quizá no tanto como escribir, pero que está en mis genes): música.

Durante un par de años, mis borracheras e inconsciencias fueron patrocinadas por los lugares donde mi banda y yo nos presentábamos. Tuve la oportunidad de conocer músicos y gente que respeto y admiro (Los Bunkers, Zoé, La Gusana Ciega, Mazapán y un largo etcétera), con el plus de que ganaba algo de dinero para financiar mis vicios (que afortunadamente nunca pasaron de alcohol y cigarros).

Nuestra banda (Carlos, guitarrista, que sigue siendo un gran amigo aunque ahora esté en Detroit; César, que tocaba el bajo y fue mi novio un tiempo; y Gerardo, el baterista que en realidad nunca me cayó bien) duró no tanto como esperábamos o queríamos, pero fue vital para el crecimiento de todos.

Siempre he sido muy miedosa para eso de las drogas, pero en ese entonces conocí a mucha gente que parecía usarlas sin que los sacara de su centro o que, al contrario, parecía incrementar su proceso creativo; de todas formas, nunca me animé. Además, una amiga de ese entonces era cocainómana y ver cómo se ponía cuando no tenía droga, me asustaba aun más. Pero puedo pensar en más de una vez en que no supe cómo llegué a la camioneta que siempre manejaba Carlos, o que me quedaba en el cuarto de ensayos (que hicimos a prueba de ruidos con colchones y telas de La Parisina) a dormir porque la borrachera hacía imposible que llegara a mi casa, o cuando empezábamos reuniéndonos para componer y terminábamos borrachos. O la vez que me caí con el cable de micrófono mientras cantaba, pero seguí haciéndolo porque con la borrachera ni sentí el golpe.

Compuse canciones, convertí poemas en ellas, rompí amplificadores, lancé botellas desde el escenario, sentí la música e hice que aplacara, al menos por un rato, el vacío emocional que sentía en ese entonces.

Dicen que el mundo de un rockstar es sexo, drogas y rockanroll, pero la verdad, cuando la música acaba, la gente se va y las botellas están vacías, las cosas como que pierden el sentido. Sí, hasta hace un año más o menos, me seguía encontrando gente que me reconocía de lugares donde tocamos, pero hasta hace unos días, el recuerdo parecía muy vago, muy lejano… muy ajeno.

Es cierto, la música llena, acompaña, nunca te deja solo, pero sólo si es tu verdadero camino. Así lo fue de Carlos, que ahora está siguiéndolo en una banda en Detroit, a punto de firmar contrato discográfico (cabe destacar que el buen Carlos toca la guitarra, la batería, el piano y el banjo).

Yo descubrí el mío en las letras, pero no dejo de agradecerle a la música y el rock en especial, el tiempo que me ayudaron a mantenerme con vida.

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