-¡Por Dios!, ¿dónde estaré?; Sólo recuerdo una turbulencia  ¿y ahora?, ahora la nada… Está todo oscuro, espeso y de por sí mi vista es una porquería. De haber tomado la carretera estaría sano y seguro. Pero… ¿Qué?, ¿quién anda ahí?

-Muy buenas noches señor. ¿La casualidad lo trajo por aquí? Es una extrañeza encontrarlo por estos rumbos. Sin embargo, creo en las casualidades como hechos divinos.

-Usted es… ¿Quién?, ¿de dónde salió?, ¿a estas horas?

– Las bondades de la vida traen a las personas por lugares insospechados, ¿no cree?; Mi nombre es Roberto ¿con quién tengo el gusto?

-Este…soy Leonardo. Iba a Río de Janeiro pero mi avión chocó y no sé qué hacer. Fue horrible, apenas ayer hice las maletas con la esperanza de tener un buen viaje.

– Ohh, ya lo veo. Sí, debería preocuparse. La selva tiene una seria venganza con los que usurpan sus territorios.

-Pero, ¿cómo?, ¿no hay forma de salir de este sitio?

-Por lo visto usted tiene poco conocimiento de las leyes naturales. Una vez mancillando los sitios sagrados es imposible burlarse de ellos.

-Me asusta señor, yo sólo quiero buscar la forma de regresar a casa, o bien, llegar a Río, a un lugar seguro.

-Sería favorable que construyera  algún refugio. También, que ejercitase las artes de la caza y recolección: necesitará alimento para sobrevivir. Entre otras cosas, un hogar cercano a un cuerpo acuífero…

-¿No me escuchó?, ¡necesito salir de aquí!

-Pero qué descortés, señor Leonardo. Está bien, está bien. Comprendo su desesperación aunque debo advertirle que los medios son poco fructíferos: lo ideal es resignarse a vivir en el corazón de la madre selva. Mucha gente llega como usted, horrorizada y sedienta de una salida, ¡para las ironías del cuerpo hambriento!

-Entonces, eso quiere decir que hay una aldea cerca, mínimo para construir una balsa, un avión, ¡qué sé yo!, algún aparatejo para salir de aquí.

-Temo decirle, mi estimado joven, que está equivocado. La gente que osa introducirse a las entrañas de la selva no sale. Por otra parte, jamás he vuelto a ver a los viajeros.

-Esto es absurdo. ¿Cómo?, ¿tan mal está el sitio?

-En su prisa por buscar escapatoria se pierden, ¿quién sabe? tal vez caen en las fauces de algún animal o despeñados por el inclemente relieve.

-No lo puedo creer, ¡todo es tan extraño!

-Por ello le recomiendo hacerse a la idea de que su nuevo hogar será la naturaleza: Si encuentra un escondrijo seguro, es posible que viva.

-No, yo tengo que llegar a Río, ¡a mi casa!, ¡no me voy a resignar!

-Veo que usted es perseverante. Aplaudo su valentía pero considere todos los peligros.  Por otra parte, si se atreve, hay una solución. ¿Ve las cavernas? Son las bocas de la tierra y, a su vez, el camino que lleva a todos lados.

– Pero… suena peligroso. Me atemoriza esa idea.

-Tiene razón, no se sabe lo que se puede encontrar en aquellos sitios: tal vez la muerte.

Aunque, si me he ganado su confianza, yo podría ayudarle.

-¡Sí!, ¡se lo pagaré!, ¡se lo pagaré con creces!

-Ya lo creo, joven Leonardo, ya lo creo, y espero que así sea. Sígame, por aquí es la entrada.

-¡Gracias, muchas gracias!

-No me lo agradezca, joven, es un gusto.

-Esto…si no es indiscreción, ¿por qué conoce el camino?

-La experiencia, amigo Leonardo, sólo la experiencia cuenta.

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Sofía Hernández
Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en UNAM, enamorada de la literatura y la música. Prototipo de lingüista y escritora en construcción. Amante de los pequeños placeres de la vida.

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